martes, 27 de enero de 2009

Al trono de la gracia


"Al trono de la gracia."
Hebreos 4: 16


Charles Haddon Spurgeon

Estas palabras se encuentran engastadas en ese versículo de gracia: "Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro." Son una joya en un engaste de oro. La verdadera oración es un acercamiento del alma, por el Espíritu de Dios, al trono de Dios. No se trata de expresar palabras, ni de sentir deseos únicamente, sino que consiste en poner los deseos delante de Dios, en un acercamiento espiritual de nuestra naturaleza con el Señor nuestro Dios. La verdadera oración no es un simple ejercicio mental, ni una ejecución vocal, sino que es algo mucho más profundo que eso: es un intercambio espiritual con el Creador del cielo y la tierra. Dios es un Espíritu invisible para el ojo mortal, y sólo es percibible por el hombre interior. Nuestro espíritu, engendrado por el Espíritu Santo en el momento de nuestra regeneración, discierne al Grandioso Espíritu, tiene comunión con Él, le presenta sus peticiones, y recibe respuestas Suyas de paz. Es un intercambio espiritual de principio a fin; y su meta y su objetivo no terminan en el hombre, sino que alcanzan al propio Dios.

Para que se dé tal oración, se requiere de la obra del propio Espíritu Santo. Si la oración sólo fuese de los labios, necesitaríamos únicamente aire en nuestras fosas nasales para orar: si la oración sólo fuera de los deseos, muchos excelentes deseos son experimentados con facilidad, incluso por el hombre natural: pero cuando se trata del deseo espiritual, y de la comunión espiritual del espíritu del hombre con el Grandioso Espíritu, entonces el propio Espíritu Santo debe estar presente en todo momento, para ayudar a nuestra debilidad, y dar vida y poder, pues de lo contrario nunca podríamos presentar una oración verdadera. Lo que ofreceríamos a Dios, llevaría su nombre y podría tener su forma, pero la vida interior de la oración, estaría lejos de eso.

Además, es claro, por el contexto de nuestro texto, que la mediación del Señor Jesucristo es esencial para una oración aceptable. De la misma manera que la oración no sería una oración verdadera, sin el Espíritu de Dios, tampoco sería una oración que prevaleciera, sin el Hijo de Dios. Él, el Grandioso Sumo Sacerdote, tiene que penetrar hasta dentro del velo por nosotros; es más, a través de Su persona crucificada, el velo debe ser retirado por completo; pues, hasta ese momento, no tendríamos acceso al Dios vivo. El hombre que, a pesar de la enseñanza de la Escritura, procura orar sin un Salvador, insulta a la Deidad. Aquel que imagina que sus propios deseos naturales, alzados delante de Dios, sin haber sido rociados previamente por la sangre preciosa, pueden ser un sacrificio aceptable a Dios, comete un error. No ha presentado una ofrenda aceptable a Dios. Equivaldría a que le hubiese cercenado la cabeza a un perro, o hubiese ofrecido un sacrificio inmundo. La oración únicamente se torna poderosa delante del Altísimo, cuando es obrada en nosotros por el Espíritu, y es presentada por el Cristo de Dios, a nombre nuestro.

Queridos amigos, con el objeto de motivarlos a la oración el día de hoy, y para que sus almas sean conducidas a acercarse al Trono de Gracia, me propongo tomar estas cuantas palabras y usarlas de conformidad a la gracia que Dios me dé. Ustedes han comenzado a orar; Dios ha comenzado a responder. Esta semana ha sido muy memorable en la historia de esta iglesia. Un mayor número de personas que antes, ha pasado al frente para confesar a Cristo: es una respuesta tan clara a las súplicas del pueblo de Dios, como si la mano del Altísimo hubiese sido vista extendida desde el cielo, entregándonos las bendiciones que habíamos pedido. Ahora, mantengámonos en oración, sí, y acumulemos fuerzas en la intercesión, y entre más éxito tengamos, seamos más sinceros, para tener más y más éxito.

Que no se contengan nuestras entrañas, pues nuestro Dios no nos pone limitaciones. Este es un buen día, y un tiempo de buenas nuevas, y viendo que el oído de nuestro Rey está atento, estoy muy ansioso que hablemos con Él a nombre de otros miles, para que ellos también, en respuesta a nuestras súplicas, puedan ser traídos cerca de Dios.

Al procurar hablar del texto, el día de hoy, lo tomaré así: primero, aquí hay un trono; luego, en segundo lugar, aquí hay gracia; luego los pondremos juntos, y veremos a la gracia en el trono; y luego, si los juntamos en un orden diferente, veremos a la soberanía manifestándose a sí misma, resplandeciente de gracia.

I. Nuestro texto habla de UN TRONO, "el Trono de la Gracia". Dios tiene que ser visto en la oración, como nuestro Padre. Ese es el aspecto más querido para nosotros. Sin embargo, no debemos considerar como si Él fuese como nosotros, pues, nuestro Salvador ha matizado la expresión "Padre nuestro", con las palabras: "que estás en los cielos". Y siguiendo muy de cerca a ese nombre condescendiente, para recordarnos que nuestro Padre es todavía infinitamente más grande que nosotros, nos ha ordenado que digamos: "Santificado sea tu nombre. Venga tu reino". De tal forma que nuestro Padre debe ser considerado como un Rey, y en la oración venimos, no sólo a los pies de nuestro Padre, sino que también acudimos al trono del Grandioso Monarca del universo. El propiciatorio es un trono, y no debemos olvidarlo.

Si la oración debe ser siempre considerada por nosotros como una entrada a los atrios de la realeza del cielo; si debemos comportarnos como deben hacerlo los cortesanos, en la presencia de una majestad ilustre, entonces no deberíamos estar desorientados para saber cuál es el espíritu adecuado para orar. Si en la oración nos acercamos a un trono, es claro que nuestro espíritu debería ser, en primer lugar, de humilde reverencia. Se espera que cuando el súbdito se aproxima al rey, debe rendirle homenaje y honor. Cualquier acercamiento al trono debe evitar el orgullo que no reconozca al rey, y cualquier traición que se rebele en contra del soberano. El orgullo debe ser refrenado a la distancia, y la traición debe desaparecer en los rincones, pues únicamente la reverencia humilde puede venir delante del propio rey cuando se sienta vestido con sus ropas de majestad.

En nuestro caso, el rey ante el cual venimos, es el más excelso de todos los monarcas, el Rey de reyes, el Señor de señores. Los emperadores no son sino sombras de Su poder imperial. Ellos se llaman a sí mismos reyes por derecho divino, pero, ¿qué derecho divino tienen? El sentido común se ríe de sus pretensiones hasta el escarnio. Sólo el Señor tiene el derecho divino, y sólo a Él le pertenece el reino. Aquellos no son sino reyes nominales, elevados o destronados según la voluntad de los hombres, o por el decreto de la Providencia, pero sólo Él es Señor, el Príncipe de los reyes de la tierra.

"Él no se sienta sobre un trono inestable,
Ni pide permiso para estar allí."

Corazón mío, asegúrate de postrarte ante tal presencia. Si Él es tan grandioso, pon tu boca contra el polvo delante de Él, pues es el más poderoso de todos los reyes. Su trono ejerce poder en todos los mundos. El cielo le obedece con alegría, el infierno se estremece cuando frunce Su entrecejo, y la tierra es constreñida a rendirle homenaje, voluntaria o involuntariamente. Su poder puede crear o destruir. Crear o aplastar, es lo mismo de fácil para Él. Alma mía, cuando te acerques al Omnipotente, que es fuego consumidor, asegúrate de quitar tu calzado de tus pies, y de adorarle con humildad sincera.

Además, Él es Santísimo entre los reyes. Su trono es un gran trono blanco, inmaculado y claro como el cristal. "Ni aun los cielos son limpios delante de sus ojos; y notó necedad en sus ángeles." Y tú, una criatura pecadora, con cuánta humildad debes acercarte a Él. Puede haber familiaridad, pero no permitas que sea profana. Debe haber valentía, pero no permitas que sea impertinente. Tú todavía estás en la tierra y Él en el cielo; tú todavía eres un gusano del polvo, una criatura quebrantada por la polilla, y Él es Eterno: antes que naciesen los montes, Él era Dios, y si todas las cosas creadas pasaran otra vez, Él será siempre el mismo. Hermanos míos, me temo que no nos postramos como deberíamos hacerlo, delante de la Majestad Eterna; pero, de ahora en adelante, pidámosle al Espíritu de Dios que nos dé la actitud correcta para que cada una de nuestras oraciones sea un acercamiento reverente a la Majestad Infinita en lo alto.

En segundo lugar, como se trata de un trono, debemos acercarnos a él con devota alegría. Si me considero favorecido por la gracia divina, por contarme entre los favorecidos que frecuentan Sus atrios, ¿acaso no debería sentirme alegre? Podría haber estado en Su prisión, pero estoy delante de Su trono; podría haber sido echado de Su presencia para siempre, pero se me permite que me acerque a Él, a Su palacio real, a los oídos de gracia que escuchan en Su cámara secreta. ¿Acaso no estaré agradecido? ¿Acaso mi agradecimiento no ascenderá en gozo, y no habría de sentirme honrado, porque soy el receptor de grandes favores cuando se me permite orar? ¿Por qué está triste tu rostro, oh suplicante, cuando estás delante del trono de la gracia? Si estuvieras delante del trono de justicia para ser condenado por tus iniquidades, tus manos deberían estar sobre tus lomos; pero ahora, que eres favorecido para venir delante del Rey, cubierto con Su manto de seda de amor, que tu rostro brille con sagrado deleite. Si tus aflicciones son angustiantes, cuéntaselas a Él, pues Él puede mitigarlas; si tus pecados se multiplican, confiésalos, pues Él puede perdonarlos. Oh, ustedes, cortesanos en los salones de tal monarca, deben alegrarse mucho, y mezclar alabanzas con sus oraciones.

En tercer lugar, puesto que se trata de un trono, siempre que nos acerquemos a él, debe ser con completa sumisión. No oramos a Dios para darle instrucciones acerca de qué debe hacer, y ni siquiera por un instante deberíamos presumir dictar la línea del procedimiento divino. Se nos permite que le digamos a Dios: "quisiéramos recibir esto y esto," pero debemos agregar siempre: "pero viendo que somos ignorantes y podemos equivocarnos, viendo que todavía estamos en la carne, y podemos ser llevados por motivos carnales, no sea como nosotros queramos, sino como Tú." ¿Quién dará órdenes al trono? Ningún hijo fiel de Dios pensará, ni por un instante, que puede ocupar el lugar del Rey. Se postra delante de Él, que tiene el derecho de ser Señor de todo, y aunque exprese su deseo sincera, vehemente e importunamente, y suplique y suplique repetidamente, lo hace siempre con esta necesaria salvedad: "Hágase tu voluntad, mi Señor; y, si yo pidiera algo que no esté de acuerdo con ella, mi más íntima voluntad es que seas lo suficientemente bueno para negarlo a Tu siervo. Si rehúsas otorgármelo, lo recibiré como una respuesta verdadera, si yo pidiese lo que no fuera bueno a Tus ojos." Si recordáramos constantemente esto, pienso que estaríamos menos propensos a presentar ciertos casos delante del trono, pues nuestra convicción sería: "heme aquí buscando mi propia comodidad, mi propio consuelo, mi propia ventaja, y, tal vez, estaré pidiendo algo que deshonre a Dios; por tanto, hablaré con la más profunda sumisión a los decretos divinos."

Pero, hermanos, en cuarto lugar, tratándose de un trono, debemos acercarnos con amplias expectativas. Muy bien lo expresa nuestro himno:

"Tú tendrás una audiencia con un rey:
Grandes peticiones debes llevar contigo."

En la oración no venimos, por decirlo así, únicamente al lugar donde se reparten limosnas de Dios, donde Él dispensa Su favores a los pobres, ni tampoco venimos a la puerta trasera de la casa de la misericordia para recibir las sobras, aunque eso sería más de lo que merecemos. Comer de las migajas que caen de la mesa del Señor es más de lo que podríamos reclamar; pero, cuando oramos, estamos en el palacio, sobre el piso reluciente del propio salón de audiencias del grandioso Rey, y de esta manera somos colocados en una posición ventajosa. En la oración, estamos allí donde los ángeles se postran con sus rostros cubiertos por un velo; allí, exactamente allí, es donde los querubines y los serafines adoran, delante del mismo trono al que ascienden nuestras oraciones. ¿Acaso iremos allí con peticiones raquíticas y una fe estrecha y contraída? No, no es propio de un Rey regalar centavos y peniques. Él distribuye piezas de oro puro. No distribuye migajas de pan ni sobras, como lo tienen que hacer los pobres, sino que Él hace un banquete de manjares suculentos, de gruesos tuétanos y de vinos purificados.

Cuando se le dijo al soldado de Alejandro que pidiera lo que quisiera, no pidió restringidamente según la naturaleza de sus propios méritos, sino que hizo una petición tan ambiciosa, que el tesorero real rehusó otorgarla, y prefirió consultar el caso con Alejandro, y Alejandro replicó con la debida realeza: "Él sabe cuán grande es Alejandro, y ha hecho la petición a un rey. Dale lo que pide." Tengan cuidado de no imaginar que los pensamientos de Dios son como sus pensamientos, y Sus caminos como sus caminos. No traigan delante de Dios peticiones enclenques y deseos estrechos, diciendo: "Señor, haz de conformidad a esto," sino que deben recordar que, como son más altos los cielos que la tierra, así son Sus caminos más altos que nuestros caminos, y Sus pensamientos más que nuestros pensamientos, y pidan, por tanto, según Dios, grandes cosas, pues están delante de un gran trono. Oh, que siempre sintiéramos esto, al venir delante del trono de gracia, pues entonces Él haría todas las cosas mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos.

Y, amados, puedo agregar, en quinto lugar, que la actitud apropiada con la que debemos acercarnos al trono de la gracia, es la de una confianza inconmovible. ¿Quién dudará del Rey? ¿Quién se atreverá a impugnar la Palabra Imperial? Se ha dicho bien que si la integridad fuera desterrada de los corazones de todos los hombres, todavía debería estar presente en los corazones de los reyes. Qué vergüenza sería que un rey mintiera. El más pobre mendigo de las calles, es deshonrado si quebranta una promesa. Entonces, ¿qué diríamos de un rey, si no podemos confiar en su palabra? Oh, nos cubriríamos de vergüenza si somos incrédulos delante del trono del Rey del cielo y de la tierra. Con nuestro Dios delante de nosotros en toda Su gloria, sentado en el trono de gracia, ¿se atreverían nuestros corazones a decir que desconfiamos de Él? ¿Podríamos imaginar que no podrá o no querrá guardar Su promesa? Desterremos tales pensamientos blasfemos, y si se nos vienen, que vengan a nosotros cuando estemos en las afueras de Sus dominios, si es que existe tal lugar, pero no en la oración, cuando nos encontramos en Su inmediata presencia, y le contemplamos en toda la gloria de Su trono de gracia. Ese, en verdad, es el lugar para que el hijo confíe en su Padre, para que el súbdito leal confíe en su monarca; y, por tanto, no debe haber ninguna duda o sospecha. La fe inconmovible debe predominar delante del propiciatorio.

Solamente haré otra observación sobre este punto, y es que, si la oración consiste en venir delante del trono de Dios, debe ser conducida siempre con la más profunda sinceridad, y en el espíritu que presenta todo de manera real. Si eres lo suficientemente desleal para despreciar al Rey, por lo mismo, en interés propio, no te burles de Él en Su cara, cuando está en Su trono. Si te atreves a repetir las santas palabras con indiferencia, en cualquier otro lugar, no lo hagas en el palacio de Jehová. Si una persona solicitara una audiencia con la realeza, y luego dijera: "no tengo la menor idea de por qué he venido; hasta donde yo sé, no tengo nada especial que pedir; no tengo ningún caso urgente que presentar"; ¿no sería culpable tanto de insensatez, como de bajeza? En cuanto a nuestro grandioso Rey, cuando nos aventuramos en Su presencia, tengamos un propósito. Como dije el otro domingo, no juguemos con la oración. Es insolencia hacia Dios.

Si se me pide que ore en público, no debo atreverme a usar palabras que tengan el propósito de agradar a los oídos de mi compañeros de oración, sino que debo darme cuenta que estoy hablando al propio Dios, y que tengo un asunto que tratar con el grandioso Señor. Y, en mi oración privada, si, cuando me levanto de la cama en la mañana, doblo mi rodilla y repito ciertas palabras, o cuando me retiro a descansar en la noche, repito el mismo procedimiento, más bien peco, en vez de hacer algo bueno, a menos que sea mi alma la que le hable al Altísimo. ¿Piensas, acaso, que el Rey del cielo se deleita en oírte pronunciar palabras con una lengua frívola, y una mente irreflexiva? Entonces no le conoces. Él es un Espíritu y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren. Si tienes que pronunciar fórmulas vacías, ve y derrámalas a los oídos de insensatos como tú, pero no delante del Señor de los Ejércitos. Si tienes ciertas palabras que expresar, a las cuales confieres una reverencia supersticiosa, ve y dilas en los atrios adornados de la ramera de Roma, pero no ante el glorioso Señor de Sion. El Dios espiritual busca adoradores espirituales, y a ellos aceptará, y únicamente a ellos; pero el sacrificio de los impíos es una abominación para el Señor, y Su deleite es únicamente en una oración sincera.

Amados, el resumen de todas nuestras observaciones es simplemente este: la oración no es una bagatela. Es un acto elevado y eminente. Es un privilegio maravilloso y excelso. Bajo el antiguo imperio persa, unos cuantos miembros de la nobleza tenían permiso de acudir al rey en cualquier momento, y esto era considerado el más alto privilegio poseído por seres mortales. Ustedes y yo, el pueblo de Dios, tenemos un permiso, un pasaporte, para acudir delante del trono del cielo en cualquier momento que queramos, y somos alentados a acudir allí con gran determinación; pero aún así, no olvidemos que no es algo sin importancia ser un cortesano en los atrios del cielo y de la tierra, no es algo sin importancia adorarlo a Él que nos hizo y nos sostiene el ser.

Verdaderamente, cuando intentamos orar, podemos oír la voz que dice, desde la excelencia de la gloria: "¡Doblad la rodilla!" Procedente de todos los espíritus que contemplan el rostro de nuestro Padre que está en el cielo, en este instante, oigo una voz que dice: "Venid, adoremos y postrémonos; arrodillémonos delante de Jehová nuestro Hacedor. Porque el es nuestro Dios; nosotros el pueblo de su prado, y ovejas de su mano. Adorad a Jehová en la hermosura de la santidad; temed delante de él, toda la tierra."

II. Para que el resplandor y el brillo de la palabra "trono" no sea demasiado para la visión mortal, nuestro texto nos presenta ahora el suave y delicado esplendor de esa deliciosa palabra: "GRACIA". Somos invitados al trono de gracia, no al trono de la ley. El Sinaí escabroso fue una vez el trono de la ley, cuando Dios resplandeció desde el monte de Parán, y vino de entre diez millares de santos. ¿Quién desearía acercarse a ese trono? Ni siquiera Israel quería. Se pusieron límites alrededor del monte, y aunque una bestia llegase a tocar el monte, era apedreada o traspasada con un dardo. Oh, ustedes justos con su propia justicia, que confían que pueden obedecer la ley y piensan que pueden ser salvados por ella, miren a las llamas que Moisés vio, y se apocó, y tembló y desesperó. No acudimos a ese trono ahora, pues a través de Jesús el caso ha cambiado. No hay enojo en el trono divino para una conciencia purificada por la sangre preciosa:

"Una vez fue el asiento de la ardiente ira,
Y lanzaba una llama devoradora;
Nuestro Dios apareció como fuego consumidor,
Y Celoso era Su nombre."

Y, bendito sea Dios, hoy no tenemos que hablar del trono de la justicia suprema. Ante ella, todos nos presentaremos, y todos los que hemos creído, lo encontraremos como un trono de gracia así como de justicia. Quien se sienta sobre ese trono no pronunciará sentencia de condenación contra el hombre que es justificado por fe. No tengo que invitarlos el día de hoy al lugar desde donde se tocará la trompeta de la resurrección de manera potente y clara. Todavía no vemos a los ángeles con sus trompetas vengadoras saliendo a matar a los enemigos; todavía no están abiertas las grandes puertas del abismo para tragarse a los enemigos que no quieren que el Hijo de Dios reine sobre ellos. Todavía estamos en el terreno de la oración y en términos de súplica a Dios, y el trono al que se nos invita a acercarnos, y del que hablamos en este momento, es el trono de la gracia. Es un trono establecido a propósito para la dispensación de la gracia; y cada expresión que brota de ese trono, es una expresión de gracia; el cetro que es mostrado allí, es el cetro de plata de la gracia; los decretos proclamados allí, son propósitos de gracia; los dones que son esparcidos sobre los escalones de oro, son dones de la gracia; y el que se sienta en el trono es la Gracia misma. Cuando oramos, acudimos al trono de gracia; y reflexionemos acerca de esto unos cuantos minutos, por vía de aliento consolador para quienes están comenzando a orar; y, ciertamente, para todos los que somos hombres y mujeres de oración.

Si en oración acudo delante de un trono de gracia, entonces, las fallas de mi oración serán pasadas por alto. Cuando comiencen a orar, queridos amigos, ustedes sentirán como si no hubiesen orado. Los gemidos de sus espíritus, cuando se levantan después de haber estado de rodillas, son tales, que ustedes creen que no hay nada en ellos. Qué oración tan emborronada, confusa y manchada fue. No se preocupen; no deben venir al trono de justicia, pues de lo contrario, cuando Dios percibiera la falla de la oración, la menospreciaría. Pero sus palabras entrecortadas, sus jadeos, sus tartamudeos están delante de un trono de gracia. Cuando cualquiera de nosotros presentara su mejor oración delante de Dios, si la viera como Dios la ve, no hay duda que haría gran lamentación por ella; pues hay suficiente pecado en la mejor de las oraciones que haya sido ofrecida jamás, para garantizar que fuera arrojada de la presencia de Dios.

Pero, repito, no es un trono de justicia, y en esto radica la esperanza de nuestras súplicas lisiadas y cojas. Nuestro Rey condescendiente no guarda en Su corte la imponente etiqueta que es observada por los príncipes entre los hombres, donde un pequeño error o una falla lograría que el peticionario fuera despedido rodeado de ignominia. Oh, no; los clamores defectuosos de sus hijos no son severamente criticados por Él. El Señor Gran Chambelán del palacio en lo alto, nuestro Señor Jesucristo, se ocupa de alterar y enmendar cada oración antes de presentarla, y vuelve la oración perfecta con Su perfección, y la hace prevalecer por Su propios méritos. Dios mira la oración como presentada por medio de Cristo, y perdona todas sus fallas inherentes. Cómo debería estimular esto a cualquiera de nosotros que se sienta débil, errante, e inexperto en la oración. Si no pudieran suplicar a Dios como solían hacerlo en años idos, si sintieran como si de una manera u otra se hubiesen entorpecido en la obra de suplicar, no se rindan, sino que más bien acudan, sí, acudan más a menudo, pues no es un trono de críticas severas al que acuden, sino a un trono de gracia.

Además, en la medida que es un trono de gracia, las fallas del propio peticionario no impedirán el éxito de su oración. ¡Cuántas fallas hay en nosotros! ¡Cuán incompetentes somos para acudir a un trono, nosotros, que estamos corrompidos por el pecado por dentro y por fuera! ¿Se atrevería cualquiera de ustedes a pensar en orar si no fuera porque el trono de Dios es un trono de gracia? Si ustedes se atrevieran, yo confieso que no podría. Un Dios absoluto, infinitamente santo y justo, en consonancia con Su naturaleza divina, no podría responder ninguna oración de un pecador como yo, si no fuera porque Él ha establecido un plan por el cual mi oración, no se eleva más a un trono de absoluta justicia, sino a un trono que es también el propiciatorio, la propiciación, el lugar donde Dios se encuentra con los pecadores, por medio de Jesucristo.

Ah, yo no podría decirles, "oren", ni siquiera a los santos, a menos que hubiese un trono de gracia, y mucho menos podría hablarles de oración, a ustedes pecadores; pero ahora voy a decir esto a todos los pecadores: aunque se consideren los peores pecadores que hayan vivido jamás, clamen al Señor y búsquenlo mientras puede ser hallado. Un trono de gracia es un lugar adecuado para ustedes: pónganse de rodillas, y por simple fe vayan a su Salvador, pues Él, Él es quien es el trono de gracia. Es en Él que Dios puede dispensar gracia para los más culpables de la humanidad. Bendito sea Dios, ni las fallas del la oración y ni siquiera del suplicante, dejarán fuera nuestras peticiones, del Dios que se deleita en corazones contritos y humillados.

Como es un trono de gracia, entonces los deseos del suplicante serán interpretados. Si no puedo encontrar palabras para expresar mis deseos, Dios, en Su gracia, leerá mis deseos sin palabras. Él entiende lo que quieren decir Sus santos, el significado de sus gemidos. Un trono que no fuera de gracia no se preocuparía por descifrar nuestras peticiones; pero Dios, el Ser infinitamente lleno de gracia, se sumerge en el alma de nuestros deseos, y lee allí lo que nosotros no podemos expresar con nuestra lengua. ¿Nunca han visto al padre, cuando su hijo está tratando de decirle algo, y él sabe muy bien qué es lo que el pequeñito tiene que decir, cómo le ayuda con las palabras y pronuncia las sílabas por él, y si el pequeñito ha olvidado a medias lo que quería decir, habrán visto al padre, cómo le sugiere la palabra? Así, el siempre bendito Espíritu, desde el trono de la gracia, nos ayudará y nos enseñará las palabras, más aún, escribirá los propios deseos en nuestros corazones.

Encontramos ejemplos en la Escritura en los que Dios pone las palabras en boca de los pecadores. "Llevad con vosotros palabras de súplica," dice Él, "y volved a Jehová, y decidle: Quita toda iniquidad, y acepta el bien." Él pondrá los deseos, y pondrá la expresión de esos deseos en su espíritu, por Su gracia; el volverá sus deseos hacia las cosas que ustedes deben buscar; Él les enseñará sus necesidades, aunque hasta el momento, ustedes no las conozcan; Él les sugerirá Sus promesas, para que las usen como argumentos; Él será, de hecho, el Alfa y la Omega para su oración, al igual que lo es para su salvación; pues como la salvación es desde el principio hasta el fin por gracia, así también el acercamiento del pecador al trono de la gracia, es por gracia de principio a fin. Qué consuelo es este. Mis queridos amigos, ¿no nos acercaremos con mayor valentía a este trono, al entender el dulce significado de estas preciosas palabras: "el trono de la gracia"?

Si es un trono de gracia, entonces todas las necesidades de aquellos que vienen a ese trono, serán satisfechas. El Rey no dirá desde ese trono: "ustedes tienen que traerme ofrendas, deben ofrecerme sacrificios." No es un trono para recibir tributo; es un trono para dispensar dones. Acudan, entonces, ustedes que son pobres como la pobreza misma; acudan ustedes que no tienen méritos y carecen de virtudes, vengan ustedes que han sido reducidos a una bancarrota miserable por la caída de Adán y por sus propias transgresiones; este no es el trono de la majestad que se mantiene por los impuestos de sus súbditos, sino un trono que se glorifica a sí mismo brotando como una fuente con abundancia de cosas buenas. Vengan, ustedes, ahora, y reciban el vino y la leche que son dados gratuitamente, sí, vengan, compren sin dinero y sin precio, vino y leche." Todas las necesidades del peticionario serán satisfechas, porque es un trono de gracia.

Y así, todas las aflicciones del peticionario serán recibidas con compasión. Supongan que yo me acerco al trono de gracia con la carga de mis pecados; hay Alguien en el trono que sintió la carga del pecado en edades hace ya tiempo idas, y no ha olvidado su peso. Supongan que acudo cargado de dolor; hay Alguien allí que conoce todos los dolores a los que puede ser sometida la humanidad. ¿Estoy deprimido o acongojado? ¿Tengo miedo que Dios mismo me haya desamparado? Hay Alguien en el trono que dijo: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?" Es un trono desde el cual la gracia se deleita cuando mira con ojos de ternura el abatimiento de los hombres, para considerarlos y aliviarlos. Vengan, entonces; vengan, entonces; vengan, entonces, ustedes que no solamente son pobres, sino despreciables, y cuyas calamidades los conducen a anhelar la muerte, y sin embargo, a temerla. Ustedes que son cautivos, vengan con sus cadenas; ustedes que son esclavos, vengan con los grilletes en sus almas; ustedes que moran en tinieblas, salgan con sus ojos vendados, tal como están. El trono de gracia los mirará a ustedes, si ustedes no pueden mirarlo, y llenará sus manos, aunque ustedes no tengan nada que dar a cambio, y los librará, aunque ustedes no puedan ni levantar un dedo para librarse por ustedes mismos.

"El trono de gracia." La palabra crece conforme le doy vueltas en mi mente, y para mí es una reflexión muy deleitable que si acudo al trono de Dios en oración, podré estar consciente de mil defectos, mas sin embargo, hay esperanza. Usualmente me siento más insatisfecho con mis oraciones que con cualquier otra cosa que hago. No creo que sea algo fácil orar en público, como para dirigir correctamente las preces de una gran congregación. A veces oímos que algunas personas son ensalzadas por predicar bien, pero si alguien es capacitado para orar bien, gozará de un don equivalente y habrá una mayor gracia en ello. Pero, hermanos, supongan que en nuestras oraciones hayan defectos de conocimiento: es un trono de gracia, y nuestro Padre sabe que tenemos necesidad de todas estas cosas. Supongan que hubiera defectos en nuestra fe: Él ve nuestra poca fe y aun así no la rechaza, pequeña como es. Él no mide en cada caso Sus dones en función del grado de nuestra fe, sino por la sinceridad y la verdad de la fe. Y si hubiesen graves defectos en nuestro espíritu, y fallas en el fervor o en la humildad de la oración, aún así, aunque estas cosas no debieran estar allí, y sean deplorables, la gracia pasa por alto todo esto, perdona todo esto, y a pesar de ello, su mano misericordiosa se extiende para enriquecernos de conformidad a nuestras necesidades. En verdad, esto debería inducir a muchos que no han orado, a orar, y debería llevarnos a nosotros, que hemos estado acostumbrados a usar el consagrado arte de la oración durante mucho tiempo, a acercarnos con mayor valentía que nunca, al trono de la gracia.

III. Pero, considerando ahora nuestro texto como un todo, vemos que nos transmite la idea de GRACIA ENTRONIZADA. Es un trono, y, ¿quién se sienta en él? Es la gracia personificada la que está instalada en dignidad aquí. Y, ciertamente, la gracia está en un trono hoy. En el Evangelio de Jesucristo, la gracia es el atributo de Dios que predomina más. ¿Por qué viene a ser tan exaltada? Bien, respondemos, porque la gracia tiene un trono por conquista. La gracia descendió a la tierra en la forma del Bienamado, y se enfrentó al pecado. La lucha fue larga y aguda, y la gracia dio la impresión de ser pisoteada por el pie del pecado; pero la gracia, al fin, tomó al pecado, lo echó sobre sus hombros, y aunque casi estaba aplastada bajo su peso, la gracia cargó con el pecado a la cruz y lo clavó allí, lo mató allí, y lo dejó muerto para siempre, y triunfó gloriosamente. Por esta razón, en esta hora, la gracia se sienta en un trono, porque ha vencido al pecado humano, ha soportado el castigo de la culpa humana, y ha derrotado a todos sus enemigos.

Además, la gracia se sienta en el trono porque se ha establecido allí por derecho. No hay injusticia en la gracia de Dios. Dios es tan justo cuando perdona a un creyente, como cuando arroja a un pecador al infierno. Yo creo en mi propia alma, que hay tanta y tan pura justicia en la aceptación de un alma que cree en Cristo como la habrá en el rechazo de esas almas que mueren impenitentes, y son proscritas de la presencia de Jehová. El sacrificio de Cristo le ha permitido a Dios ser justo, y sin embargo el que justifica al que es de la fe. El que conoce la palabra "sustitución" y puede definir su significado correctamente, podrá ver que no queda nada pendiente para la justicia punitiva de ningún creyente, viendo que Jesucristo ha pagado todas las deudas del creyente, y ahora Dios sería injusto si no salvara a aquellos por quienes Cristo sufrió vicariamente, para quienes fue provista Su justicia, y a quienes le es imputada. La gracia está en el trono por conquista, y se sienta allí por derecho.

La gracia está entronizada en este día, hermanos, porque Cristo ha consumado Su obra y ha subido a los cielos. Él está entronizado en poder. Cuando hablamos de Su trono, queremos decir que tiene un poder ilimitado. La gracia no se sienta en el estrado de los pies de Dios; la gracia no está en los atrios de Dios, sino que se sienta en el trono; es el atributo reinante; hoy, es el rey. Esta es la dispensación de la gracia, el año de gracia: la gracia reina por medio de la justicia para vida eterna. Vivimos en la era de la gracia reinante, pues viendo que vive siempre para interceder por los hijos de los hombres, Jesús puede también salvar perpetuamente a los que por Él se acercan a Dios.

Pecador, si te encontraras a la gracia a tu paso, como un viajero en su camino, yo te pediría que la conocieras y le pidieras su influencia; si te encontraras a la gracia como un mercader en su negocio, con un tesoro en sus manos, yo te pediría que buscaras su amistad, pues te enriquecería en la hora de la pobreza; si vieras a la gracia como uno de los pares de cielo, altamente exaltado, yo te pediría que procuraras que te escuchara; pero, oh, cuando la gracia se sienta en el trono, yo te suplico que te acerques de inmediato. No puede ser más elevada, no puede ser más grandiosa, pues está escrito: "Dios es amor," que es un alias para la gracia. Ven y póstrate delante de ella; ven y adora a la infinita misericordia y gracia de Dios. No dudes, no vaciles, no estés indeciso. La gracia está reinando; la gracia es Dios; Dios es amor.

¡Oh, que viendo a la gracia entronizada así, quieras tú venir y recibirla! Digo, entonces, que la gracia está entronizada por conquista, por derecho, y por poder, y, voy a agregar que está entronizada en gloria, pues Dios glorifica a Su gracia. Uno de Sus propósitos ahora es hacer gloriosa a Su gracia. Él se deleita perdonando a los penitentes, y de esta manera, muestra Su gracia perdonadora; se deleita en mirar a los descarriados y volverlos al camino, para mostrar Su gracia restauradora; se deleita en contemplar a los de quebrantado corazón y consolarlos, para poder mostrar Su gracia consoladora. Se puede recibir gracia de diversos tipos, o más bien, la misma gracia que actúa de diferentes maneras, y Dios se deleita en hacer gloriosa Su gracia. Hay un arcoíris que circunda el trono, semejante a una esmeralda, la esmeralda de Su compasión y de Su amor. Oh, felices las almas que creen esto, y creyendo pueden recibirla de inmediato y glorificar a la gracia, convirtiéndose en ejemplos de Su poder.

IV. Por último, si nuestro texto es leído correctamente, contiene SOBERANÍA RESPLANDECIENTE EN GLORIA, LA GLORIA DE LA GRACIA. El propiciatorio es un trono; aunque la gracia está allí, es todavía un trono. La gracia no desplaza a la soberanía. Ahora, el atributo de la soberanía es muy excelso y terrible; su luz es semejante a una piedra de jaspe, preciosísima, y semejante a una piedra de zafiro, o, como Ezequiel la llama: "cristal maravilloso." Así dijo el Rey, el Señor de los ejércitos: "Tendré misericordia del que yo tenga misericordia, y me compadeceré del que yo me compadezca." "Mas antes, oh hombre, ¿quién eres tú, para que alterques con Dios? ¿Dirá el vaso de barro al que lo formó: ¿Por qué me has hecho así?" "¿O no tiene potestad el alfarero sobre el barro, para hacer de la misma masa un vaso para honra y otro para deshonra?" Estas son palabras grandiosas y terribles, y no se pueden responder. Él es un Rey y hace lo que le agrade. "No hay quien detenga su mano y le diga: ¿Qué haces?"

Pero, ¡ah!, para que nadie se abata por el pensamiento de Su soberanía, los invito al texto. Es un trono, hay soberanía; pero para toda alma que sepa cómo orar, para toda alma que por fe venga a Jesús, el verdadero propiciatorio, la soberanía divina no tiene un aspecto tenebroso y terrible, sino que está llena de amor. Es un trono de gracia, de lo que deduzco que la soberanía de Dios para un creyente, para un suplicante, para uno que viene a Dios en Cristo, siempre es ejercida en pura gracia. Para ti, para ti que vienes a Dios en oración, la soberanía siempre dice así: "tendré misericordia de ese pecador; aunque no la merece, aunque no haya ningún mérito en él, sin embargo, debido a que puedo hacer lo que quiera con lo mío, lo bendeciré, y lo haré mi hijo, y lo aceptaré; él será mío en el día en que yo actúe." En el propiciatorio Dios nunca ejerció Su soberanía de otra manera, que por la vía de gracia. Él reina, pero en este caso, la gracia reina a través de la justicia para vida eterna por Jesucristo nuestro Señor.

Hay dos o tres cosas adicionales en las que pensar, y habré concluido. En el trono de gracia, la soberanía se ha colocado bajo los lazos del amor. Debo hablar aquí con palabras sopesadas y elegidas, y debo dudar y hacer pausas para estructurar las frases correctas, para no errar cuando me esfuerzo en decir la verdad con claridad. Dios hace lo que quiere; pero, en el propiciatorio, Él está atado, atado por Su propia voluntad, pues ha establecido un pacto con Cristo, y así, un pacto con Sus elegidos. Aunque Dios es y siempre será soberano, nunca quebrantará Su pacto, ni alterará la palabra que ha salido de Su boca. No puede incumplir el pacto establecido por Él mismo. Cuando yo vengo a Dios en Cristo, a Dios en el propiciatorio, no debo imaginar que por cualquier acto de la soberanía de Dios, hará a un lado Su pacto. Eso no puede ser: es imposible.

Además, en el trono de la gracia, Dios está atado por Sus promesas. El pacto contiene muchas promesas de gracia, sumamente grandiosas y preciosas. "Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá." Hasta que Dios dijo esa palabra o algo semejante, era Su opción oír una plegaria o no, pero no es así ahora; pues ahora, si se trata de una oración verdadera, ofrecida por medio de Jesucristo, Su verdad lo obliga a oírla. Un hombre puede ser perfectamente libre, pero en el momento en que hace una promesa, no es libre de romperla; y el Dios eterno, no quiere romper Su promesa. Él se deleita en cumplirla. Él ha declarado que todas Sus promesas son Sí y Amén en Cristo Jesús; pero, para nuestro consuelo, cuando inspeccionamos a Dios bajo el excelso y terrible aspecto de un soberano, tenemos esto para reflexionar, que Él está bajo los compromisos del pacto de la promesa de ser fiel a las almas que le buscan. Su trono debe ser un trono de gracia para Su pueblo.

Y, además, el más dulce pensamiento de todos, es que cada promesa del pacto ha sido endosada y sellada con sangre, y lejos está del Dios eterno, derramar escarnio sobre la sangre de Su amado Hijo. Cuando un rey ha dado una Carta Magna a una ciudad, antes de hacerlo podría haber sido absoluto, y no había nada que restringiera sus prerrogativas, pero cuando la ciudad tiene su Constitución, entonces argumenta sus derechos delante del rey. De la misma manera, Dios ha dado a Su pueblo una Carta Magna de indecibles bendiciones, dándoles las misericordias fieles de David. Mucho de la validez de una Carta Magna depende de la firma y del sello, y, hermanos míos, cuán segura es la Constitución del pacto de gracia. La firma es de la propia mano de Dios, y el sello es la sangre del Unigénito.

El pacto está ratificado con sangre, la sangre de Su propio amado Hijo. No es posible que roguemos en vano a Dios cuando argumentamos el pacto sellado con sangre, ordenado en todas las cosas, que será guardado. El cielo y la tierra pasarán, pero el poder de la sangre de Jesús con Dios, no fallará nunca. Habla cuando estamos callados, y prevalece cuando somos derrotados. Habla mejor que la sangre de Abel, y su clamor es escuchado. Acerquémonos con valentía, pues llevamos la promesa en nuestros corazones. Cuando nos sintamos alarmados por causa de la soberanía de Dios, cantemos alegremente:

"El Evangelio lleva mi espíritu a lo alto,
Un Dios fiel e inmutable
Pone el cimiento de mi esperanza
En juramentos, y promesas, y sangre."

Que Dios el Espírito Santo nos ayude a usar correctamente de ahora en adelante "el trono de gracia." Amén.


Un sermón predicado la mañana del Domingo 19 de Noviembre, 1871
por Charles Haddon Spurgeon
En el Tabernáculo Metropolitano, Newington, Londres.

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