miércoles, 28 de enero de 2009

El Poder de la humildad

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Lavapies

.....de Carlos Saavedra Martínez

La humildad es muy poderosa, y el orgullo solo un signo de debilidad. La humildad es síntoma de gente segura y firme, por el contrario, el orgullo es síntoma de inseguridad.

Por lo regular, la gente relaciona la humildad, a lo sucio, lo poco, y lo malo. Pero la Biblia la asocia a lo bueno. La Palabra nos enseña en Proverbios 22:4 que las riquezas, la honra y la vida son la recompensa de la humildad.

La humildad es tan poderosa que pueda hacer que las riquezas lleguen a tus manos, y el orgullo es tan malo que puede hacer que se vallan. En el mundo, hay más gente perdiendo por orgullosa que por humilde.

Se necesita humildad para vivir en lo mucho. Si eres último lugar en tu clase, seguramente no es por humilde, sino por haragán. Cuando eres quien tiene el honor, las medallas y el reconocimiento necesitas la humildad. Si eres pobre se requiere que resistas mientras sales adelante, pero si eres rico requieres de la humildad para soportar las bendiciones que Dios te da.

Nosotros relacionamos mal las cosas, decimos que si vives en una casa que ya se cae y está llena de goteras se es humilde, pero en verdad, la humildad se lleva en el corazón, no en el bolsillo.

La humildad es poderosa. Si la dejas fluir podrás ver cuántas cosas pueden venir a tu vida. La más poderosa de las posesiones que Dios puede traer a la vida de un hombre y una mujer está en Isaías 57:16 donde dice: Porque así dijo el Alto y Sublime, el que habita la eternidad, y cuyo nombre es el Santo: Yo habito en la altura y la santidad, y con el quebrantado y humilde de espíritu, para hacer vivir el espíritu de los humildes, y para vivificar el corazón de los quebrantados.

Cuando mandaron a Moisés a hacer el arca del pacto, el propiciatorio era en oro con dos querubines que hacían el respaldo del trono de Dios juntando sus alas. Ahora bien, imagínate a Dios entre ángeles, serafines y querubines diciendo: Santo, Santo, Santo, y Todo Poderoso. Y que Dios diga que le da igual estar entre ellos o entre nosotros por ser humildes.

No hay quien acapare la atención de Dios si no tiene el corazón humilde. El Señor atiende al humilde. Una cosa es que Dios te oiga y otra que te atienda. Él puede escucharte o decirte que pases adelante y atenderte por ser humilde. Dios no atiende al orgulloso.

No puedes captar la atención de Dios peleando con Él. Puedes hacer berrinche siempre, pero Dios no te hará caso. Siendo humilde se capta la atención de Dios. El Señor da gracia al humilde. Deja de tener orgullo, no te sirve de nada.
En Proverbios 29:23 dice: El hombre que ama la sabiduría alegra a su padre; Mas el que frecuenta rameras perderá todos sus bienes.

Los soberbios viven abatidos, tienen congoja y les cuesta dormir. Puede que estés abatido el día de hoy, que haga un llamado para orar por ti, y que el desanimo se valla hoy de tu vida. Pero, si regresas a tus prácticas orgullosas, le abras la puerta al enemigo y vuelvas a estar desalentado. El problema no es si oramos o no por ti, es si dejas o no el orgullo. ¿Cuándo vas a salir de ese abatimiento?, ¿Qué ocurre en tu ser? Hay orgullo, y debes dejarlo, porque te apesadumbra y es carcoma de los huesos.

En 1 Pedro 5:6 dice: Humillaos, pues bajo la poderosa mano de Dios, para que él os exalte cuando fuere tiempo.

¿Hay algún problema en que Dios exalte a alguien? No lo hay. Dios no tiene problemas en que la gente te bendiga y admire, no siente competencia. Él es muy seguro de sí mismo y no le ocasiona ningún problema eso. El Señor quiere exaltarte y no hay nada de malo en ello. Debemos entender que Dios quiere darnos cosas que nuestra mente no logra alcanzar.

Dios te exaltará cuando sea tiempo. Ahora bien, ¿por qué se ha tardado tanto, será que no has pasado lo suficiente humillado bajo su propia mano? Dios te quiere exaltar y levántate quiere que seas la mejor persona en la universidad, en el colegio y empresa, pero desea que sepas entregarle la honra a Él. En Apocalipsis, hay 24 reyes que recibieron coronas de parte de Dios, y después se las quitaron y se las entregaron postrándose a sus pies diciendo que Dios es el único que se merece la honra. Hay coronas que Dios nos da, luce tú corona, pero tienes que saber que esa corona debe ser puesta a los pies de Cristo. Debes ser completamente bendecido con humildad.

En Mateo 11:29 dice: Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas;
Tu alma tendrá descanso cuando sea mansa y humilde. Cuando me convertí al Señor, venia de un estado de orgullo crónico, a todo el mundo veía por encima del hombro, tenia mal carácter, y cuando estudiaba y no me aprendía algo me rechinaban los dientes y me arrancaba el pelo. Llegue a creer que nunca me iba a casar a causa de ese mal carácter. Pero me arrepentí de ese pecado y empecé a leer la Palabra de Dios. Si estas así, Cristo Jesús puede cambiar esas cosas y te puede dar la paz que sobre pasa todo entendimiento. El alma orgullosa no encuentra paz.

Algunos toman para sí el famoso dicho popular que dice: “Hay que ser manso peor no menso”, y se agarran de él para no dejar de ser orgullosos. El ser manso y humilde se ha interpretado de mala manera. Cuando alguien quiera tomarte el pelo, quédate tranquilo, se humilde. Algunas veces la gente se acerca a decirme que alguien dijo algo o me hizo algo, pero yo le digo que lo deje y se quede tranquilo. Se inteligente, no pierdas la mansedumbre pro ese tipo de cosas.

Dios vive en el cielo, y el cielo tiene las calles de oro y el río de cristal. El cielo es un lugar humilde. El Señor lo hace humilde porque habita ahí.

El rey Salomón dijo que todo era vanidad. Entonces, si todo es vanidad por qué levantas la mano para juzgar a alguien. Si una mujer anda todo el tiempo bien vestida y maquillada, la gente la juzga por vanidad. Lo mismo ocurre con aquel hombre que siempre está bien vestido, le dicen que es vanidoso. Pero, ¿Aquel joven que se viste de jeans rotos y con la camisa de fuera no tiene vanidad? Si lo es, sólo que es cuestión de gustos y de precios.

¿Qué es vanidad? Crees que es vanidoso el que anda en un jaguar o el que anda en un carro bien pintado? Si la Biblia dice que todo es vanidad, los dos tienen vanidad, el problema es que una es más cara que la otra, ahora bien, si todos vamos a tener vanidad, por lo menos con buenos gustos.

La falsa humildad es peor que el orgullo. Ésta te lleva a practicar cosas que crees que al hacerlas estarás mejor que los demás. Cuando uno suelta esa falsa humildad se siente bien de vivir así. Echa fuera de tu vida el orgullo y la falsa humildad.

Jesucristo dice que aprendamos de Él que es manso y humilde de corazón, y que es el pan de vida y que quien en Él cree no tendrá hambre jamás.
Para nosotros es fácil creerlo porque lo escuchamos dos mil años después de que ocurrió. Pero el problema para ellos es que lo estaban escuchando sin saber que era el Hijo de Dios. Imagino que cuando lo oían decir esas cosas decían que se le había subido a la cabeza.

En Juan 8 Jesús dijo que es la luz del mundo, y el que le sigue no andará en tinieblas. Él decía lo que era. Decir lo que eres y lo que Dios ha hecho contigo no es orgullo. Creer que decir no decir lo que eres un orgullo, es falsa humildad.
Jesús dijo que es la puerta de las ovejas y que quién por él no entra es ladrón. Más adelante dijo: Yo soy el buen pastor, el que da su vida por las ovejas. También dijo que Él era la resurrección y la vida y quien en mi cree, aunque esté muerto resucitará. Jesús era humilde, y el decir lo que era no lo hacía menos humilde. El problema con el que muchos cuentan es que a causa de la falsa humildad no saben quien son en Cristo Jesús.

En Juan 14 Jesús dijo que era el camino, la verdad y la vida y que nadie llega al Padre sino es por Él. Todas las religiones hablan de Dios pero ninguna te lleva a Él. Solamente a través de Jesucristo se llega al Padre. Si nosotros hubiéramos estado presentes hubiéramos juzgado a Jesús de orgulloso, a causa de nuestro falso concepto de orgullo y humildad. Debemos renovar nuestra mente respecto a esos conceptos para entenderlos. De lo contrario, nos vamos a perder las bendiciones de Dios.

Mas adelante dijo que era la vid verdadera y que fuera de Él no podemos hacer nada. Recuérdate que para muchos de ellos era un carpintero nada más. Pero, Jesús vivía tan seguro que cuando le preguntaron si era el hijo de Dios dijo que Sí. Lo mandaron a crucificar por que había alguien que decía que era hijo de Dios.

Ahora tomemos otro termino de nuestro lenguaje, usamos el término creído de manera equivocada. A quién calificas de creído, no necesariamente es orgulloso, sino seguro de sí mismo. Todos somos creídos, sólo que algunos creen mucho y otros poco. Si dices que naciste para perdedor eres un creído, porque es eso lo que crees.

En Juan 8:12-19 dice: Otra vez Jesús les habló, diciendo: Yo soy la luz del mundo; el que me sigue, no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida. Entonces los fariseos le dijeron: Tú das testimonio acerca de ti mismo; tu testimonio no es verdadero. Respondió Jesús y les dijo: Aunque yo doy testimonio acerca de mí mismo, mi testimonio es verdadero, porque yo sé de dónde he venido y a dónde voy; pero vosotros no sabéis de dónde vengo ni a donde voy. Vosotros juzgáis según la carne; yo no juzgo a nadie. Y si yo juzgo, mi juicio es verdadero; porque no soy yo solo, sino yo y el que me envió, el Padre. Y en vuestra ley está escrito que el testimonio de dos hombres es verdadero. Yo soy el que doy testimonio de mí mismo, y el Padre que me envió da testimonio de mí. Ellos le dijeron: ¿Dónde está tu Padre? Respondió Jesús: ni a mí me conocieseis, también a mi Padre conoceríais.

Con dos que testifíquenlo mismo de ti, tu testimonio es verdadero. Pero lo importante es que testifica Dios de ti cuando dices que eres un hijo de Dios y que eres Su heredero, coheredero con Cristo Jesús, y cuando dices todo lo que pidamos al padre no lo va a dar, y que eres templo del Espíritu de Dios, la Palabra da el mismo testimonio. La Biblia dice lo que está escrito en tu vida. Tenemos dos testigos en esta vida, Da testimonio de lo que eres en Cristo.

En el libro de Romanos 12:2 dice: No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta.

Transformar es cambiar de forma. Cuando nosotros venimos a los pies de Cristo, traemos una forma pero si leemos la palabra y la obedecemos somos transformados a causa de nuestro entendimiento.

Decir lo que eres y lo que puedes obtener en Cristo Jesús no es orgullo. Decir que vas a triunfar ni es orgullo, es seguridad. Hay que tener cuidado de no cambiar el orgullo por la falsa humildad.

A cada uno de nosotros Dios nos dio una medida de fe. Piensa de acuerdo a tu fe, no a la de alguien más. Debemos pensar de acuerdo a la medida de fe que Dios nos a dado a cada uno de nosotros y subir el estándar. Si quieres ser más, quita de tu vida la falsa humildad.

En Mateo 6:26 dice: Mirad las aves del cielo, que no siembran, ni siegan, ni recogen en graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros mucho más que ellas?
Nunca has visto una flor mal vestida, desteñida y rota. Dios la viste preciosa, a pesar de que son echadas al fuego y pisoteadas por los hombres. Estás son ejemplo a seguir para vestirnos. Aunque te cueste creerlo, uno de los primeros niveles de fe que la gente debe mostrar es en como come y viste. ¿Cómo viste Dios un cotorro, un águila, un delfín, a los peces? Cuando aprendí a bucear vi peces hermosos, vestidos con cada color que Dios a hecho. Pero nosotros confundimos las cosas, llamamos humilde a lo que de humilde no tiene nada. ¿Dónde vive Dios? Dios vive en un humilde cielo, porque si Él es humilde, vive en un lugar humilde. Quiere decir que la humildad de tu corazón es como el cielo mismo. La humildad es el mayor de los adornos que alguien puede tener delante de Dios. Ésta lo llama y atrae a estar contigo.

Dios hará mucho mas por aquellas personas que creen tener más valor. La primera persona que Jesús le hizo a la gente es ¿Cuanto crees que vales? Y la segunda es ¿Hará Dios mucho más por ti? Dios va a hacer más por ti cuando creas mejores cosas de ti mismo.

Si vives menospreciándote y pensado que naciste para perdedor, Dios no puede hacer más por ti. Tienes un Dios capaz de hacer de todo, pero la fe que tiene de ti mismo hace que ya no actúe. Si piensas que eres de tercera categoría, cosas de esa calidad van a llegar a tus manos, porque pides de acuerdo a lo que crees que mereces, recibes de acuerdo a lo que piensas de ti mismo.

Tu petición vale lo que tu crees que vales. Cuando crees que vales tanto como para vivir en una mejor casa, vas a pedir una mejor casa, porque pides la casa que crees que vales y puedes vivir. Cuando creas que vales más, vas a pedir un mejor carro del que manejas. Si crees que eres de escuela publica ahí te vas a graduar. Si crees que eres de universidad bilingüe en el extranjero, sigue creyendo algún día estarás ahí.

Cuida que tu fe no sea manipulada por tu falsa humildad, porque puede que crees que no vales. Si crees que naciste para ocupar cargos de primera clase, los vas a ocupar, porque lo que crees de ti mismo determina el tipo de oración que harás y la oración que haces determina la calidad de bendición que obtendrás.

En una ocasión, me regalaron un anillo que tenía 15 diamantes. Cuando iba a predicar un día, a causa del concepto que tiene la gente, no lo iba a usar. Pero escuche la voz de Dios que me dijo: Te da pena que vean como te tengo. Y aunque no lo crean agarre el anillo llorando y me lo puse en la mano. Si supieras cuánto vales para Dios, tu vida entera cambiaría. Deja de creer que no vales, esa es una mentira del diablo. Si crees que vales más, Dios va a empezar a hacer mucho más en tu vida. Dios hace mucho más en los que creen que valen más.
Dios mandó a Jesús a morir por nosotros porque valemos mucho. Tú vales la sangre del hijo de Dios. Echa a la basura toda esa falsa humildad y el orgullo. Pídele a Dios que te dé el balance para vivir bien delante de Él, y que sin importar que diga la gente seas quien debes ser. Si has sido una persona que ha tenido falsa humildad y orgullo pídele perdón a Dios Y dile que tu vida cambia a partir de este día.

Dios mandó a Jesús a morir por nosotros porque valemos mucho. Tú vales la sangre del hijo de Dios. Echa a la basura toda esa falsa humildad y el orgullo. Pídele a Dios que te dé el balance para vivir bien delante de Él, y que sin importar que diga la gente seas quien debes ser. Si has sido una persona que ha tenido falsa humildad y orgullo pídele perdón a Dios Y dile que tu vida cambia a partir de este día.

Fuente: Comuidad Cristiana Virtual


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La casa de los panaderos

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Breads

Por Carlos Saavedra Martínez.

Blog Comunidad Cristiana Virtual

El Pan es el complemento ideal, el más apetecido, el más solicitado y el más cotizado. Una palabra de sólo tres letras, que se convirtió hace muchos años, como referente universal de los alimentos. Con ese objetivo nacieron los panaderos; personas que a fuerza procesan los tipos de pan. Siendo creados con distintas formas, volúmenes, sabores, texturas.

Como cristianos, en nuestra Biblia los Cinco Panes y Dos Peces, son el ejemplo perfecto para contar el efecto de la multiplicación. Jesús obró el milagro, tomó cinco panes y dos peces y los repartió, entre todos los que allí estaban.

Fue así que "Jesús les dijo a los discípulos: No tienen necesidad de irse; dadles vosotros de comer."

"Y ellos dijeron: No tenemos aquí sino cinco panes y dos peces. El les dijo: Traédmelos acá. Entonces mandó a la gente recostarse sobre la hierba; y tomando los cinco panes y los dos peces, y levantando los ojos al cielo, bendijo, y partió y dio los panes a los discípulos, y los discípulos a la multitud. Y comieron todos, y se saciaron; y recogieron lo que sobró de los pedazos, doce cestas llenas. Y los que comieron fueron como cinco mil hombres, sin contar las mujeres y los niños”.

En nuestra hermosa ciudad, se inauguro el nuevo edificio “La Casa de los Panaderos” (Ex Green Gross), dependiente de la Comunidad Cristiana Antofagasta, con esta bendición estamos llamados todos los cristianos, a entregarles una palabra de acercamiento y encuentro con nuestro señor Jesús.

Como panadero les digo:

Muchas personas van a reconocer a Jesucristo como un buen hombre, un gran maestro, o aún un profeta de Dios. Estas definitivamente, son cosas, lo más auténticas de Jesús, pero ellas en realidad no definen quién es El. La Biblia nos dice que Jesús es Dios en la carne, que Dios se hizo un ser humano (vea Juan 1:1,14).

¿Qué es un Salvador y por qué necesitamos un Salvador?
La Biblia nos dice que todos hemos pecado, hemos cometido actos malvados (Romanos 3:10-18). Como resultado de nuestro pecado, somos merecedores de la ira y juicio de Dios. El único castigo justo por los pecados cometidos en contra de un Dios infinito y eterno, es un castigo infinito (Romanos 6:23; Apocalipsis 20:11-15). ¡Esa es la razón por la cual necesitamos un Salvador!

¿Es Jesús su Salvador “personal”?
Muchos nos consideramos cristianos, por asistir a una iglesia participando de los cultos. Eso no es el Cristianismo. El verdadero Cristianismo es una relación personal con Jesucristo. Aceptar a Jesús como su Salvador personal, significa colocar su propia fe personal y confiar en El. Ninguno es salvo por la fe de otros. Ninguno es perdonado por hacer ciertas acciones. El único camino para ser salvo, es aceptando personalmente a Jesús como su Salvador, confiando en Su muerte como pago por nuestros pecados, y en Su resurrección como su garantía de vida eterna (Juan 3:16).

"Jesús dijo: Yo soy el pan de vida; el que a mí viene, nunca tendrá hambre; y el que en mí cree, no tendrá sed jamás."; "Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos".

Fonte: Comunidad Cristina Virtual

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martes, 27 de enero de 2009

La perfección cristiana

John Wesley (1703 -1791)

Sermón de John Wesley

Síntesis de la Perfección Cristiana

En el año 1764 después de un repaso de todo el tema, escribí el resumen de mis observaciones en cortas propo­siciones como siguen:

1. Existe la perfección cristiana, porque es mencionada vez tras vez en las Escrituras.

2. No se recibe tan pronto como la justificación, porque los justificados deben seguir adelante a la perfección (Hebreos 6:1).

3. Se recibe antes de la muerte, porque San Pablo habló de hombres quienes eran perfectos en esta vida (Filipenses 3:15).

4. No es absoluta. La perfección absoluta pertenece, no a hombres ni a ángeles, sino sólo a Dios.

5. No hace al hombre infalible; ninguno es infalible mientras permanezca en este mundo.

6. ¿Es sin pecado? No vale la pena discutir sobre un término o palabra. Es “salvación del pecado”.

7. Es amor perfecto (1 Juan 4:18). Esta es su esencia; sus propiedades o frutos inseparables son: estar siempre gozosos, orar sin cesar, y dar gracias en todo (1 Tesalonicenses 5:16).

8. Ayuda al crecimiento. El que goza de la perfección cristiana no se encuentra en un estado que no pueda desarrollarse. Por el contrario, puede crecer en gracia más rápidamente que antes.

9. Puede perderse. El que goza de la perfección cristiana puede, sin embargo, errar, y también perderla, de lo cual tenemos unos casos. Pero no estábamos completamente convencidos de esto hasta cinco o seis años ha.

10. Es siempre precedida y seguida por una obra gradual.

11. Algunos preguntan: “¿Es en sí instantánea o no? Al examinar esto vayamos punto por punto.”

Ninguno familiarizado con la religión en la vida diaria puede negar que se ha operado un cambio instantáneo en algunos creyentes. Desde aquel cambio, gozan de perfecto amor. Sienten amor y sólo sienten amor; están siempre gozosos, oran sin cesar y dan gracias en todo. Esto es todo lo que quiero decir con perfección cristiana; por lo tanto, éstos dan testimonio de la perfección que yo predico.

“Pero en algunos este cambio no fue instantáneo. No se dieron cuenta del instante en que se efectuó.” A menudo es difícil percibir el momento en que un hombre muere, sin embargo hay un instante en que cesa la vida. De la misma manera si cesa el pecado, debe haber un último momento de su existencia, y un primer momento de nuestra liberación del pecado.

Alguien dirá, “Pero si tienen este amor ahora, pueden perderlo”. Es posible, pero no están obligados a perderlo. Ya sea que lo pierdan o no, lo tienen en la actualidad; experimentan lo que enseñamos. Son al presente todo amor; gozan, oran y dan gracias sin cesar.

“Sin embargo, el pecado sólo está suspendido en ellos; no está destruido.” Llamadlo como os plazca; son todo amor hoy; y no se apuran por el día de mañana.

“Pero esta doctrina ha sido muy falseada.” Igualmente la doctrina de la justificación por la fe ha sido desfigurada. Pero esa no es una razón para abandonar esta u otra doctrina bíblica. Uno ha dicho: “Cuando bañáis a vuestro hijo, botad el agua pero no botéis al niño.”

“Pero aquellos que piensan que son salvos del pecado dicen que no tienen necesidad de los méritos de Cristo.” Es todo lo contrario. Su lenguaje es: “Cada momento requiero los méritos de tu muerte, Señor.” Nunca antes habían tenido tan profunda e indecible convicción de la necesidad de Cristo en todos sus oficios como la tienen ahora.

Por lo tanto, todos nuestros predicadores deben tener como regla el predicar constantemente la perfección cristiana a los creyentes, de manera persuasiva y explícita; y todos los creyentes deben fijarse en ella y buscarla anhelantemente.


Conclusión


27. He hecho ya lo que me propuse hacer. He dado un relato sencillo y claro de la doctrina de la perfección cristiana, el sentido en que la recibí, recibo, y enseño hasta hoy. He declarado en todas sus partes lo que quiero decir con esta expresión bíblica. He bosquejado a grandes rasgos el cuadro de ella, sin disfraz o engaño. Nótese que esta es la doctrina de Jesucristo. Estas son palabras suyas y no mías: “Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto” (Mateo 5:48).

Ahora pregunto a cualquier persona imparcial, ¿qué hay de terrible en ella?

¿Por qué todas esas diatribas, que por más de veinte años se oyen por todo el reino, como si el cristianismo hubiese sido destruido y toda religión desarraigada?

¿A qué se debe que el mismo nombre de perfección cristiana haya sido borrado del vocabulario de los cristianos y odiado aun como si encerrara la herejía más perniciosa? ¿Por qué los predicadores de ella han sido tratados como perros atacados de hidrofobia, aun por hombres que temen a Dios y también por los hijos de éstos siendo algunos de ellos hijos espirituales de los predicadores perseguidos? ¿Qué razón hay para esto? Sana razón no hay ninguna. Imposible es que la haya, pero fingiendo sí la hay en abundancia. Hay verdadera razón para afirmar que algunos de los que nos tratan así lo hacen solamente con el pretexto de justificar su manera de proceder desde el principio hasta el fin. Querían y buscaban ocasión contra mí, y en esto encontraron lo que buscaban. “¡Esta es la doctrina del señor Wesley! ¡El predica la perfección!” A esto contesto: Sí, la predica, pero esa doctrina no es más de él que de otro cualquiera que sea un ministro de Jesucristo. Porque esta es la doctrina distintiva del Señor, positivamente de El. ¿Quién ha dicho que no podéis ser perfectos antes de que el alma se separe del cuerpo?

Es la doctrina de San Pablo, de Santiago, de San Pedro, de San Juan; y no sólo del señor Wesley sino de todo aquel que predica el evangelio en su pureza e integridad. Os diré tan claro como me sea posible hablar dónde y cuándo encontré esta doctrina. La encontré en los oráculos de Dios, el Antiguo y el Nuevo Testamento, cuando los leí sin ninguna otra mira que la de la salvación de mi alma. Pero de quienquiera que sea la doctrina, suplico que se me diga: ¿qué hay en ella de malo?

Examinadla detenidamente como queráis. En un sentido es pureza de intención, dedicación de toda la vida a Dios. Es darle a Dios todo nuestro corazón, es decir, el permitir que El gobierne nuestra vida. Es, además, dedicar no sólo una parte, sino toda nuestra alma, cuerpo y bienes a Dios. Bajo otro punto de vista, es tener toda la mente que hubo en Cristo, que nos capacita para andar como El anduvo. Es la circuncisión del corazón de toda inmundicia, tanto interior como exterior. Es una renovación del corazón a la completa imagen de Dios, a la completa semejanza de Aquel que nos crió. Por otra parte es amar a Dios con todo nuestro corazón, y a nuestro prójimo como a nosotros mismos. Ahora estudiadla considerando cualquiera de estos puntos (porque no hay diferencia material), puesto que esta es la perfección cristiana que yo he creído y enseñado por los últimos cuarenta años, desde el año 1725 hasta el 1765.


28. Ahora, presentada la perfección cristiana en su sencillez, ¿habrá quién se atreva a decir que no es correcto amar a Dios de todo nuestro corazón y a nuestro prójimo como a nosotros mismos, o bien en contra de una renovación del corazón, no sólo en parte, sino en toda la imagen de Dios? ¿Quién se atreverá a expresarse en contra de ser limpio de toda inmundicia tanto del cuerpo como del espíritu; o en contra de tener toda la mente que hubo en Cristo, y andar en todas las cosas como El anduvo? ¿Qué hombre que se llame cristiano tiene el valor de oponerse a la consagración, no de una parte, sino de toda nuestra alma como también de nuestro cuerpo y bienes a Dios? ¿Qué hombre serio puede oponerse a que se dé todo el corazón a Dios, y que un solo fin gobierne nuestra vida? Repito, presentada la perfección cristiana tal como es, ¿quién se en­frentaría contra ella? Para poder oponérsele hay que falsearla. Hay que disfrazarla cubriéndola con piel de oso, pues dejándola en su pura nitidez aun los hombres más bárbaros se cuidarían de condenarla.

Pero no importa lo que hagan éstos, que los hijos de Dios se guarden de seguir peleando contra la imagen de Dios implantada en el corazón del hombre. Que se guarden, los que son miembros de Cristo, de decir algo contra el tener toda la mente que hubo en Cristo. Lejos esté de los que viven en Dios el oponerse a la dedicación de toda la vida a El. ¿Por qué vosotros que tenéis su amor derramado en vuestros corazones os resistís a la entrega completa del corazón al Señor? ¿No clama lo más íntimo de vuestro ser diciendo que aún no ama a Dios lo suficiente, el que más le ama? Da pena pensar que quienes desean complacerle tengan otros fines y deseos; pero causa muchísima más pena que algunos vean, como fatal error, o consideren como una abominación a Dios, el tener este único deseo gobernando la vida.

¿Por qué deben tener temor hombres devotos de dedicar su alma, cuerpo y bienes a Dios? ¿Por qué quienes profesan amar a Cristo consideran como error condenable el hecho de que tengamos toda la mente que hubo en El?

Admitimos y enseñamos que somos libremente justificados por la justicia y sangre de Cristo. Y, ¿por qué os encendéis contra nosotros cuando decimos que esperamos de igual manera ser santificados plenamente por su Espíritu? No buscamos favor o apoyo de los que son abiertamente siervos del pecado, ni de los que son simplemente religiosos. Pero vosotros, quienes servís a Dios en espíritu, quienes estáis circuncidados con la “circuncisión no hecha de manos”, ¿cuánto tiempo más durará vuestra oposición contra los que buscan una completa circuncisión del corazón, quienes tienen sed de ser limpios de “toda inmundicia de carne y de espíritu” y de perfeccionar “la santidad en el temor de Dios”?

¿Somos vuestros enemigos porque buscamos completa liberación de esa mente carnal que es enemistad contra Dios? No, somos vuestros hermanos, vuestros colaboradores en la viña de nuestro Señor, vuestros compañeros en el reino y la paciencia de Jesús. Aunque confesamos esto (si somos necios por ello, sobrellevadnos como a necios), nuestro propósito es amar a Dios con todo nuestro corazón y a nuestro prójimo como a nosotros mismos. En verdad, creemos firmemente que El limpiará de tal manera en este mundo los pensamientos de nuestros corazones por la inspiración de su Santo Espíritu, que le amaremos perfectamente, y ensalzaremos dignamente su santo nombre.


Sermón de John Wesley (1703 -1791)

cruzue@gmail.com


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El camino del Reino

Barra del Turvo - Brazil


Sermon de John Wesley

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El reino de Dios está cerca: arrepentíos, y creed al evan­gelio

(Marcos 1:15).
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Estas palabras naturalmente nos inducen a considerar: primero, la naturaleza de la verdadera religión que el Señor llama: “el reino de Dios,” que según lo que dijo, “está cer­ca;” y en segundo lugar, el camino que El mismo señala con estas palabras: “Arrepentíos, y creed al evangelio.”

I. 1. Debemos considerar en primer lugar, la natura­leza de la verdadera religión que el Señor llama: “el reino de Dios.” El apóstol usa de la misma expresión en la Epístola a los Romanos, donde explica las palabras del Señor, diciendo: “Que el reino de Dios no es comida ni bebida, sino justicia, paz y gozo por el Espíritu Santo” (Romanos 14: 17).

2. El reino de Dios o sea la verdadera religión “no es comida ni bebida.” Cosa bien sabida es que no sólo los judíos inconversos sino también un gran número de los que habían aceptado la fe en Cristo, eran, sin embargo, “celadores de la ley” (Hechos 21:20), de la ley ceremonial de Moisés. Por con­siguiente, no sólo observaban todo lo que encontraron escrito respecto a los holocaustos de comida y bebida, o las diferen­cias entre las cosas limpias y las inmundas, sino que exigían dicha observancia por parte de los gentiles que “se habían convertido a Dios” y esto a tal grado, que algunos de ellos en­señaban a los que se convertían que “si no os circuncidáis con­forme al rito de Moisés, no podéis ser salvos” (Hechos 15: 1, 24).

3. En oposición a esto declara el apóstol, aquí y en otros lugares, que la verdadera religión no consiste “en co­mida ni bebida,” en observancias del ritual, ni en ninguna cosa exterior; la sustancia de la verdadera religión consiste: “en justicia, paz y gozo por el Espíritu Santo.”

4. Ni en ninguna cosa exterior como formas o ceremo­nias, aun las más excelentes. Aun suponiendo que sean suma­mente dignas y significativas, que sean expresiones de las cosas de que son emblemáticas, no sólo para el vulgo, cuya inteligencia no alcanza más allá de lo que ven; sino pa­ra hombres de inteligencia y capacidad, como, sin duda, hay muchos. Más aún: suponiendo que dichas ceremonias hayan sido instituidas por Dios, como en el caso de los judíos, duran­te el período cuando esas leyes eran vigentes, la verdadera religión, hablando rigurosamente, no consiste en observar­las. Cuánto más cierto debe ser esto con respecto a los ritos y las formas de origen meramente humano. La religión de Jesucristo es mucho más elevada y profunda que todas las ceremonias. Estas son buenas en su lugar mientras permane­cen subordinadas a la verdadera religión; el oponerse a ellas— mientras se usen sólo para ayudar a la debilidad humana— sería una superstición. Que nadie se propase en el uso de las ceremonias, sueñe con su valor intrínseco ni crea que son esen­ciales a la verdadera religión; esto sería hacerlas abominables en la presencia del Señor.

5. Tan lejos está la naturaleza de la religión de consis­tir en las formas de culto, ritos o ceremonias, que en realidad de verdad, no consiste absolutamente en ninguna acción ex­terior. Es muy cierto que ningún hombre culpable, vicioso o inmoral, o que hace a otros lo que no quisiera para sí, puede ser religioso; igualmente es cierto que el que sabe hacer el bien y no lo hace, no puede ser religioso. Sin embargo, hay hombres que se abstienen de hacer el mal y quienes practican lo bueno y a pesar de esto, no tienen religión. Dos personas pueden hacer las mismas obras exteriores de caridad: alimen­tar al hambriento o vestir al desnudo, y una de ellas ser ver­daderamente religiosa y la otra no tener religión absoluta­mente; porque la una puede obrar impulsada por el amor de Dios y la otra por el deseo de ser alabada. Tan manifiesto y patente es que, si bien la verdadera religión naturalmente sugiere toda buena palabra y guía a toda buena obra, sin em­bargo, su verdadera naturaleza está en un lugar más profun­do: en el hombre del corazón que está encubierto.

6. Digo del corazón. Porque la religión no consiste en la ortodoxia ni en sanas doctrinas que, si bien no son cosas exteriores, sin embargo, pertenecen a la inteligencia y no al corazón. Un hombre puede ser enteramente ortodoxo, no só­lo aceptar opiniones rectas, sino defenderlas con celo en con­tra de sus enemigos; puede poseer las verdaderas doctrinas respecto a la encarnación de nuestro Señor, la santísima Tri­nidad y todos los demás dogmas contenidos en los Oráculos de Dios; puede dar su asentimiento a los tres credos: el llamado de los Apóstoles, el Niceno, y el de Atanasio; y, sin embargo, no tener más religión que un judío, un turco o un pagano. Puede ser casi tan ortodoxo como el diablo (sí bien no del todo, porque cada hombre yerra en un punto u otro, mien­tras que no podemos creer fácilmente que el diablo tenga nin­guna opinión errónea), y, sin embargo, ser enteramente ex­traño a la religión del corazón.

7. En esto solamente consiste la religión; esto única­mente vale mucho ante la presencia de Dios. El apóstol resu­me toda la religión en estas tres manifestaciones de la condi­ción del alma: “justicia, paz y gozo por el Espíritu Santo.” En primer lugar, justicia. No podemos dejar de comprender el sentido de esta palabra, especialmente si recordamos las pa­labras con que nuestro Señor describe sus dos manifestacio­nes, de las cuales dependen toda “la ley y los profetas:” “Ama­rás pues al Señor tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y de toda tu mente, y de todas tus fuerzas; este es el prin­cipal mandamiento” (Marcos 12:30), la primera y gran ma­nifestación de la justicia cristiana. Te regocijarás en el Se­ñor tu Dios; buscarás y encontrarás en El toda tu felicidad; El será “tu escudo y tu galardón sobremanera grande” en la vida y en la eternidad; todos tus huesos dirán: “¿A quién tengo yo en los cielos? y fuera de Ti nada deseo en la tierra.” Escucharás y cumplirás la palabra de Aquel que dijo: “Hijo mío, dame tu corazón;” y, habiéndole entregado tu corazón, lo más íntimo de tu alma, para que reine allí sin ningún rival, podrás con razón decir en toda la efusión de tu espíritu: “Amarte he, oh Jehová, fortaleza mía. Jehová, roca mía y castillo mío, y mi libertador; Dios mío, fuerte mío; en él con­fiaré; escudo mío y el cuerno de mi salud, mi refugio.”

8. Y el segundo mandamiento es semejante a éste; la segunda manifestación de la santidad cristiana está íntima­mente relacionada con él: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo.” Amarás: tendrás la mejor buena voluntad, el afecto más sincero y cordial, los deseos más fervientes de evitarle toda clase de mal y de procurarle todos los bienes posibles. Tu prójimo, es decir: no sólo a tus amigos, tus parientes, o tus conocidos: no sólo a los virtuosos, a los que te aman, a los que te aprecian y cultivan tu amistad; sino a todos los hom­bres, a todas las criaturas humanas, a toda alma que Dios ha criado; sin exceptuar a aquellos a quienes jamás has visto ni conoces de vista o de nombre; al malo y desagradecido; al que injustamente te calumnia o persigue; a todos estos amarás como a ti mismo; con deseo constante de que sea feliz en todo y por todo; con esmero incansable en cuidarlo y protegerlo en contra de todo mal y sufrimiento de cuerpo y alma.

9. ¿No es este amor “el cumplimiento de la ley,” la sus­tancia de la santidad cristiana, de toda justicia espiritual? Ne­cesariamente significa: las “entrañas de misericordia, humil­dad, benignidad, mansedumbre, tolerancia;” porque el amor “no se irrita,” sino que “todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta;” y es la manifestación de toda santidad externa, porque el amor no hace mal al prójimo, ni de obra ni de pa­labra. No puede injuriar ni lastimar intencionalmente a nadie; al contrario se muestra ansioso de hacer buenas obras. Todo aquel que ama al género humano, hace bien a “todos los hom­bres,” sin parcialidad ni hipocresía, y está “lleno de miseri­cordia y de buenas obras.”
10. La verdadera religión que posee el corazón recto y que produce la buena disposición hacia Dios y el prójimo, significa, además de santidad, felicidad; porque no sólo es “justicia,” sino “paz y gozo por el Espíritu Santo.” ¿Qué paz? “La paz de Dios” que sólo Dios puede dar y que el mundo no puede arrebatar; “la paz que sobrepuja todo entendimien­to,” toda concepción puramente racional, puesto que es una sensación sobrenatural, una semejanza divina de las virtudes del siglo venidero que son enteramente desconocidas al hom­bre, por más sabio que éste sea en las cosas del mundo, y las que no puede conocer en su estado actual, porque se han de discernir espiritualmente. Es esta una paz que por completo destierra las dudas y las penosas incertidumbres; el Espíritu de Dios dando testimonio con el espíritu del cristiano de que es “hijo de Dios.” Destierra todo temor que atormenta el al­ma; temor de la ira de Dios, del infierno, del demonio, y de la muerte. El que tiene la paz de Dios desea, si fuere la volun­tad de Dios, “partir y estar con Cristo.”

11. Juntamente con esta paz de Dios que reina en el al­ma, existe también el gozo en el Espíritu Santo, gozo que, ba­jo la divina influencia, se desarrolla en el corazón. El Espí­ritu es quien obra en nosotros ese goce tan lleno de calma y humildad con que el alma se regocija en Dios por medio de Jesucristo “por el cual hemos recibido ahora la reconcilia­ción,” la reconciliación con Dios; lo que nos autoriza a con­firmar la declaración del rey salmista: “Bienaventurado” (o más bien dicho: Dichoso; “aquel cuyas iniquidades son perdo­nadas, y borrados sus pecados.” El Espíritu inspira en el alma cristiana ese goce firme que resulta del testimonio del Espí­ritu de que es hijo de Dios y hace que se “alegre con gozo ine­fable” y en la esperanza de la gloria de Dios: esperanza tanto de ver la gloriosa imagen de Dios, que ya en parte ha visto, y le será plenamente revelada en El, como de obtener la corona de gloria que no se marchita y que le está reservada en los cielos.
12. A esta santidad y felicidad unidas, algunas veces las Sagradas Escrituras llaman “el reino de Dios” (lo mismo que nuestro Señor hace en las palabras del texto), y otras, “el rei­no de los cielos.” Se llama el “Reino de Dios,” porque es el fruto inmediato que resulta cuando Dios reina en el corazón. Tan pronto como, usando de su infinito poder, levanta su tro­no en nuestros corazones, éstos se llenan de “santidad, paz y gozo por el Espíritu Santo.” Se llama “el reino de los cielos” porque en cierto grado se abre el cielo en el alma. Todos los que gozan de esta experiencia, pueden confesar ante los án­geles y los hombres que:

“La vida eterna se ha ganado,

Gloria en la tierra ha empezado;”

según todo el tenor de la Sagrada Palabra, que constante­mente testifica al hecho de que Dios “nos ha dado vida eterna, y esta vida está en su Hijo. El que tiene al Hijo,” reinando en su corazón, “tiene la vida,” vida eterna (I Juan 5:12). Porque “esta empero es la vida eterna: que te conozcan el solo Dios verdadero, y a Jesucristo, al cual has enviado” (Juan 17:3). Los que han recibido este don, aunque estén en el hor­no encendido, pueden dirigirse a Dios con toda confianza, diciendo:

Defendidos por tu poder,

Oh, Hijo de Dios, Jehová,

Que en la forma de hombre

Quisiste descender,

Te adoramos.

Incesantes aleluyas

A ti sean ofrecidas;

Como te serán rendidas

Infinitas alabanzas

Eternamente.

Bendita Omnipotencia

En el cielo te adoran,

En la tierra te alaban,

Porque tu presencia

Es el cielo.

13. Este “reino de los cielos,” o “de Dios,” está cerca. Según el tenor con que estas palabras fueron expresadas en su principio, se refieren al “tiempo” que entonces se cumplió; habiéndose Dios “manifestado en la carne” y venido a esta­blecer su reino entre los hombres, y a reinar en los corazones de su pueblo. ¿No se está cumpliendo el tiempo ahora? Por­que: “He aquí,” dijo el Señor, “yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo” (Mateo 28:20). Dondequiera, pues, que el evangelio de Cristo se predica, su reino está cer­ca. No está lejos de ninguno de vosotros; podéis entrar ahora mismo si lo deseáis, y escuchar su voz que os dice: “Arrepen­tíos, y creed al Evangelio.”

II. 1. Este es pues el camino; andad por él. En primer lugar, “arrepentíos,” es decir: conoceos a vosotros mismos. Este es el primer arrepentimiento precursor de la fe, la con­vicción, el conocimiento de sí mismo. Despiértate, tú que duermes; acepta que eres pecador y qué clase de pecador eres. Mira y reconoce la corrupción de tu naturaleza interior que te ha llevado muy lejos de la santidad original; por me­dio de la cual la carne codicia contra el Espíritu, por medio de la mente carnal que es “enemistad contra Dios, porque no se sujeta a la ley de Dios, ni tampoco puede.” Sabe pues, que has corrompido todo tu poder y todas las facultades de tu alma; que eres completa corrupción en todas y cada una de dichas facultades, y que las bases de tu carácter están en­teramente torcidas. Tu vista intelectual está tan obscurecida, que no puedes discernir a Dios ni las cosas que son de Dios. Nubes de error e ignorancia se aglomeran sobre tu cabeza y esparcen en torno tuyo la sombra de la muerte. Nada de lo que deberías saber, sabes todavía respecto de Dios, el mundo, o de ti mismo. Tu voluntad no es la voluntad de Dios, sino enteramente perversa y torcida; opuesta a todo lo bueno, a todo lo que Dios ama y dispuesta a hacer todo lo malo: todo lo que es abominable en la presencia de Dios. Tus afectos no tienen a Dios por objeto, sino que están diseminados y en desorden. Todas tus pasiones, tus deseos y tus odios; tus goces y tus sufrimientos; tus esperanzas y tus temores son exagera­dos e irracionales, y los fines a que aspiran, enteramente in­dignos; de manera que no hay nada limpio en tu alma, sino que “desde la planta del pie hasta la cabeza no hay cosa ilesa; sino herida, hinchazón, y podrida llaga.”

2. Tal es la corrupción de tu corazón, de tu naturaleza interior. Y ¿qué ramas pueden esperarse de raíz tan corrompida? De esto emana la incredulidad y el separarse del Dios viviente, hasta que los hombres llegan a decir: “¿Quién es el Todopoderoso para que le sirvamos y de qué nos aprovechará que oremos a él?” De aquí resulta esa independencia del al­ma que pretende ser tan absoluta como el mismo Dios; ese orgullo que se manifiesta de tantas maneras y que te impulsa a decir: “Alma, muchos bienes tienes almacenados para mu­chos años; repósate, come, bebe, huélgate.” De este manan­tial corrompido salen los arroyos amargos de la vanidad, la sed de alabanza, la ambición, la codicia, la lujuria, y la sober­bia; de allí brotan la ira, la malicia, la venganza, envidia; los celos, las sospechas; de allí nacen todos los deseos malos y pecaminosos que ahora mismo te traspasan con muchos do­lores y que, si no pones el remedio a buen tiempo, acabarán por sumergir tu alma en la perdición eterna.

3. ¿Qué frutos pueden esperarse de semejantes ramas? Solamente frutos amargos y malos. Del orgullo resulta la con­tienda, la alabanza de sí mismo, el buscar y recibir las adula­ciones de los hombres, y robar a Dios esa gloria que sólo a El pertenece y que no se puede dar a otro. De la gula del cuer­po resultan la glotonería y la embriaguez; la lujuria y la sen­sualidad; la fornicación y los pecados de la carne; manchan­do de diversas maneras ese cuerpo que para ser templo del Espíritu Santo fue creado. De la incredulidad, toda palabra y obras malas. Pero faltaría tiempo para contar todas las fal­tas; todas las palabras ociosas que has hablado, provocando al Altísimo y contristando al Santo de Israel; todas las malas obras que has hecho, ya por tu maldad intrínseca, o ya porque no las hiciste para la gloria de Dios. Tus pecados actuales son muchos más de los que puedes contar; mucho más nume­rosos que los cabellos de tu cabeza. ¿Quién podrá contar la arena del mar, las gotas de la lluvia, o tus transgresiones?

4. Y ¿no sabes que “la paga del pecado es muerte,” muer­te no sólo del cuerpo, sino eterna? “El alma que pecare, ésa morirá” ha dicho el Señor. Morirá con la segunda muerte. Esta es la sentencia; el sufrimiento de una muerte que nunca concluye, “porque vendrá como destrucción hecha por el Todopoderoso.” ¿No sabes que todo pecador está en peligro “del fuego del infierno,” o más literal y correctamente, “ba­jo sentencia del fuego del infierno,” ya sentenciado y en el camino del patíbulo? Tú mismo mereces la muerte eterna que es la justa recompensa de tus iniquidades y transgresio­nes. Muy justo sería si tu sentencia se ejecutara. ¿Comprendes esto? ¿Lo sientes? ¿Estás plenamente convencido de que mereces la ira de Dios y la condenación eterna? ¿Sería Dios injusto si ahora mismo mandase que la tierra se abriera y te tragase, si en este instante cayeses en el abismo y en el fuego que nunca se apagará? Si Dios te ha concedido un verdadero arrepentimiento, sin duda estarás persuadido de la verdad de todo esto, y que si no te ha arrebatado de sobre la faz de la tierra y aniquilado y consumido por completo, sólo se debe a lo infinito de su misericordia.

5. ¿Qué harás para poder aplacar la ira de Dios, para ofrecer satisfacción por todos tus pecados y evitar el castigo que tan justamente mereces? ¡Ay de ti que nada puedes ha­cer; absolutamente nada que satisfaga a Dios por una sola obra, palabra o mal pensamiento! Si desde este momento pu­dieras obrar bien en todas las cosas, si desde este instante has­ta volver tu alma a Dios, rindieses por todo el resto de tu vi­da, una perfecta obediencia sin interrupción alguna, no po­drías, ni en tal caso, satisfacer por lo pasado. El que no aumen­tases tu deuda no sería pagarla, permanecería lo mismo que siempre. Más aún; la obediencia en lo presente y en lo futu­ro de todos los hombres que habitan la tierra, y de todos los ángeles del cielo, no serviría de satisfacción a la justicia de Dios por un solo pecado. ¡Qué vana, pues, es la idea de querer ofrecer satisfacción con cualquiera cosa que pudieras hacer, por tus propios pecados! La redención de una sola alma cuesta más de lo que todo el género humano pudiera ofrecer en res­cate; de manera que si no hubiera un remedio sobrenatural, el desgraciado pecador perecería irremisible y eternamente.

6. Pero supongamos por un momento que la obediencia perfecta pudiese ofrecer satisfacción por los pecados pasa­dos, ¿de qué te serviría? No puedes practicar esa obediencia en un solo punto. Haz la prueba; empieza; sacude los peca­dos que tienes en ti mismo y líbrate de ellos. No puedes ha­cerlo. ¿Cómo, pues, podrás cambiar de vida y convertirte de malo en bueno? A la verdad que es imposible hacerlo, a no ser que primero cambie tu corazón; porque mientras el ár­bol sea malo, malos serán sus frutos. ¿Puedes convertir o cam­biar tu corazón de malo que es, a la santidad, revivir tu al­ma que está muerta en pecados, muerta para con Dios y viva sólo para el mundo? Tan imposible es como resucitar a un cuerpo muerto, traerlo otra vez vivo del sepulcro donde ya­ce. No puedes vivificar tu alma en lo mínimo, así como no puedes dar el menor aliento de vida a un cadáver; nada puedes hacer en este asunto, absolutamente nada; te encuentras imposibilitado en toda la extensión de la palabra. En tener la conciencia de esto: que estás lleno de pecado y de que nada puedes hacer para salvarte, consiste el arrepentimiento ver­dadero que es el precursor del reino de Dios.

7. Si a esta persuasión íntima de tus pecados interiores y exteriores, de tu completa culpabilidad y desvalimiento, aña­des sentimientos puros, como: tristeza en el corazón por ha­ber despreciado la misericordia divina; remordimiento y con­denación de ti mismo, teniendo vergüenza aun de levantar tus ojos al cielo; temor de la ira de Dios que aún sientes; de su maldición que pesa sobre tu cabeza; de la indignación di­vina, lista a consumir a los que se olvidan de Dios y no obe­decen al Señor Jesús; deseos sinceros de escapar esa indig­nación; de ya no hacer nada malo y de aprender a practicar lo bueno; entonces te digo en el nombre del Señor: “No estás lejos del reino de Dios.” Un paso más y podrás entrar. Te has arrepentido; ahora “cree el evangelio.”

8. El Evangelio, es decir, las buenas nuevas para los pe­cadores condenados y desamparados, significa en el sentido más lato de la palabra, toda la revelación que Jesucristo ha hecho a los hombres; y algunas veces, la relación de lo que nuestro Señor Jesucristo hizo y sufrió cuando vivió entre los hombres. La sustancia del Evangelio es: “Cristo Jesús vino al mundo a salvar a los pecadores;” o “De tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna;” o “He­rido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros peca­dos. El castigo de nuestra paz sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados.”

9. Cree esto y el reino de Dios es tuyo. Por medio de la fe alcanzas el cumplimiento de la promesa. El perdona y ab­suelve a todos los que verdaderamente se arrepienten y creen su Evangelio. Tan pronto como el Señor hable a tu corazón y le diga: “Confía, hijo: tus pecados te son perdonados,” en­trarás en el reino y tendrás “justicia, paz y gozo por el Es­píritu Santo.”

10. Cuídate de no engañar a tu alma respecto a la natu­raleza de esta fe; que no consiste, como algunos vanamente se imaginan, en un asentimiento a las verdades contenidas en las Sagradas Escrituras, nuestros Artículos de Fe o toda la revelación en el Antiguo y Nuevo testamentos. Los demonios creen esto, lo mismo que tú; y sin embargo, continúan siendo diablos. La fe es una cosa muy superior a este asen­timiento: es una perfecta confianza en la misericordia de Dios, y plena seguridad de obtener su perdón por medio de Jesu­cristo; es una persuasión divina de que “Dios estaba en Cristo reconciliando el mundo a sí, no imputándole sus pecados” pa­sados; y especialmente de que Dios me amó y se dio a sí mismo por mí; y de que yo, aun yo mismo, me he reconcilia­do con Dios por medio de la sangre derramada en la cruz.

11. ¿Crees esto? Entonces, la paz de Dios mora en tu co­razón; la pesadumbre y el dolor huirán para siempre. Ya no dudas del amor de Dios, sino que es tan claro como la luz del día. Dirás en voz alta: “Alabaré tu nombre por tu misericor­dia y tu verdad: porque has hecho magnífico tu nombre, y tu dicho sobre todas las cosas.” Ya no tienes miedo del infier­no, de la muerte, ni de aquel que en un tiempo tenía el poder de la muerte, el demonio; no tienes ya ese miedo penoso de Dios, sino sólo el temor tierno y filial de ofenderle. ¿Crees? Entonces, tu alma magnifica al Señor y tu espíritu se rego­cija en Dios tu Salvador. Te regocijas de haber obtenido la redención por medio de su sangre, aun la remisión de todos tus pecados. Te regocijas en ese “espíritu de adopción,” que clama en tu corazón “Abba, Padre.” Te regocijas en la espe­ranza perfecta de la inmortalidad, en proseguir “al blanco, al premio de la soberana vocación de Dios en Cristo Jesús;” en anticipar todas las bendiciones que Dios tiene preparadas para todos los que le aman.

12. ¿Crees? Entonces el amor de Dios se ha derramado en tu corazón, y lo amas porque El te amó primero; y como amas a Dios, amas también a tu prójimo y, estando lleno de “amor, paz y gozo,” tienes también “caridad, tolerancia, be­nignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza,” y todos los demás frutos del mismo Espíritu. En una palabra, animan tu corazón influencias santas, celestiales y divinas; porque mien­tras contemplas con cara descubierta, habiendo sido quitado el velo, “la gloria del Señor,” su amor glorioso y la imagen gloriosa en que has sido creado, tú mismo eres transformado de gloria es gloria, en la misma semejanza por el Espíritu del Señor.

13. Este arrepentimiento, esta fe, esta paz, este amor, go­zo y cambio de “gloria en gloria” es lo que la sabiduría del mundo han calificado de necedad, entusiasmo y tontera. Pero tú, oh hombre de Dios, no hagas caso de esto. Sabes a quién has creído; no dejes que ninguno te prive de tus privilegios. Conserva con esmero lo que has alcanzado y continúa esfor­zándote hasta que alcances todas las promesas tan grandes y preciosas que te esperan. Y tú, que aún no conoces al Salva­dor, no te avergüences de buscarlo por lo que los hombres va­nos y necios te digan. No hagas caso de lo que digan aquellos que critican sin saber. El Señor convertirá tu pesadumbre en gozo. No te desesperes, ten un poco de paciencia; antes de mucho, tus temores desaparecerán y el Señor te dará la tran­quilidad de un espíritu recto. Cercano está el que justifica; ¿quién es el que nos condena? “Cristo es el que murió; más aún, el que también resucitó, quien además está a la diestra de Dios, el que también intercede” por ti.

Refúgiate en los brazos de Aquel que es “el Cordero de Dios,” con todos tus pecados, sean cuales fueren, y, de esta manera, te será abundantemente administrada la entrada en “el reino de nuestro Señor y Salvador Jesucristo.”
http://wesley.nnu.edu/
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Frases cristianas para meditar

1. Dios no elige personas capacitadas, Él capacita a los elegidos.

2. Si quieres estar desanimado mírate, si quieres estar decepcionado mira a los hombres, pero si quieres ser salvo mira a Jesús.

3. Vale mucho más una puerta cerrada por Dios que una abierta por el diablo.
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4. Uno con Dios es mayoría.

5. ¿Quieres ayudar? Entonces involúcrate con quien necesita ayuda. ¿Quieres hacer la diferencia? Sé diferente. ¿Quieres ser usado por Dios? Ponte a su disposición.

6. Nunca pongas un punto de interrogación, donde Dios ya puso un punto final.

7. Debemos orar siempre, no hasta que Dios nos escuche, sino hasta que podamos oír a Dios.

8. Dios no habla con personas apresuradas y sin tiempo.

9. Con Jesús, jamás una desgracia será la última noticia.

10. Moisés gastó 40 años pensando que era alguien, 40 años aprendiendo que no era nadie y 40 años descubriendo loque Dios puede hacer con un NADIE.

11. Sólo tendré todo de Dios, cuando El tenga todo de mi.

12. Solamente soy un detalle, pero con Jesús, hago la diferencia.

13. La fe se ríe de las imposibilidades.

14. La fe no nace con una cantidad de hechos que una persona escucha acerca de Dios. Hay personas que seconvierten con un folleto solamente, mientras otras irán al infierno conociendo la Biblia entera.

15. Nada está fuera del alcance de la oración, excepto lo que está fuera de la voluntad de Dios.

16. Perdonar es la mejor manera de vengarse.

17. La tristeza mira hacia atrás, la preocupación mira alrededor, la fe mira hacia arriba.

18. El tiempo es de lejos más valioso que el dinero, porque el tiempo es INSUSTITUIBLE.

19. No temas la presión, recuerda que ella transforma el carbón en diamante.


20. La Biblia nos fue dada para darnos conocimiento y cambiar nuestra vida.

21. Lo más importante no es encontrar la persona correcta, y sí ser la persona correcta.

22. No confundas la voluntad de Dios, con el permiso de Dios, no todo lo que ocurre es de su voluntad, pero nada ocurre sin su permiso.

24. La verdadera llamada de un cristiano non es para hacer cosas extraordinárias, pero cosas simples de un modo extraordinário. Dean Stanley



Frases cristianas para meditar

¿Por qué Dios usaba a Moody?

Dwight L. Moody


CÓMO PREPARABA MOODY SUS SERMONES

Una vez que había resuelto cuál sería el tema de su predicación, tomaba un sobre grande, y escribía sobre él el título o la referencia: El Cielo, El Salmo 3, etc.

En sobres de este tipo iba guardando extractos de sermones, recortes de diarios, pensamientos originales, todo lo que se relacionara con el tema. En su escritorio tenía centenares de estos sobres, algunos de ellos muy abultados.

Cuando quería predicar sobre un tema determinado, primero revisaba el sobre y elegía aquellas cosas que le parecían de utilidad. Luego hacía un bosquejo en el cual introducía estas cosas. Decía que este método de hacer sermones presenta grandes ventajas: El bosquejo permite que haya inspiración del momento, ya que el predicador no está atado a un manuscrito completo. Siempre decía que la iglesia prescisa “hombres que puedan pensar mientras están de pie.” “La gente dice que repito los mismos sermones. Naturalmente que lo hago. Si tienes un sermón que ha sido bendecido por Dios, no temas usarlo muchas veces”.
D.L. Moody

HAY DEMASIADOS ORADORES

Mis amigos, tenemos demasiados oradores. Estoy cansado de los “picos de oro”. Antes me lamentaba porque no podía llegar a ser orador. Pensaba que sería tan hermoso si yo pudiese hablar con un lenguaje bello que cautivara a mi auditorio. He escuchado a muchos grandes oradores. Venían, se iban, y su voz era como el aire: carecía de poder. Confiaban, no en el Señor, sino en sus bellos discursos. Era a esto que se refería San Pablo cuando dijo: “Ni mi palabra ni mi predicación fue con palabras persuasivas de humana sabiduría, más con demostración del Espiritu y de poder”.

A un testigo que frente a un juez trata de hacer oratoria, pronto lo harán callar. El hombre que dice la verdad en forma clara y sencilla es el que tiene mayor poder.
D.L. Moody

LA BIBLIA COMO UN ALBÚM DE FOTOGRAFÍAS

La Biblia es como un álbum de fotografías. Voy a la casa de un amigo, y mientras lo espero comienzo a hojear su álbum. Voy dando vuelta a las hojas y encuentro gente que conozco, y gente que se parece mucho a mis vecinos y amigos.

Si leemos la Biblia, encontraremos en ella nuestros retratos. Mi amigo, quizás seas un fariseo. Si es así, mira lo que dice el evangelio de Juan, capítulo 3. Pero tal vez no seas un fariseo. Quizás pienses que eres un pecador demasiado malo para llegar a Cristo. Lee lo que dice la Biblia acerca de la mujer de Samaria, y cree en las palabras que el Señor le dijo a ella.
D.L. Moody

MÉTELA EN TU CORAZÓN

“En mi corazón he guardado tus dichos, para no pecar contra ti.” Según un predicador escocés, guardar la palabra en el corazón es meter una cosa buena en un buen lugar para un buen fin. Muchos tienen la Bilbia en la cabeza, o en el bolsillo. Lo que necestian es tenerla en el corazón.
D.L. Moody

ALGO NUEVO

Muchos hombres creen que la Biblia es un libro atrasado que ya pasó a la historia. Dicen que estaba bien para los tiempos remotos, y que contiene algunas páginas históricas de interés, pero que no sirve para hoy; que vivimos en el siglo de las luces, y hemos adelantado tanto que los hombres pueden andar perfectamente bien sin la Biblia.

Lo mismo sería decir que el sol, que ha brillado tanto tiempo, es ya tan viejo que es una cosa atrasada; o que cuando un hombre construye una casa, ya no debe ponerle ventanas desde que hemos descubierto la luz eléctrica. Yo les aconsejo a quienes piensan que la Biblia es demasiado vieja y que está fuera de moda, que no pongan ventanas en sus casas, sino que alumbren a éstas con luz eléctrica, ya que lo que buscan es lo novedoso.
D.L. Moody

DIOS ES AMOR EN TODOS LOS VIENTOS

Spurgeon estuvo en cierta ocasión visitando a un amigo en el campo. Vio que sobre uno de los graneros había colocado una veleta con la inscripción “Dios es Amor”

Entonces le preguntó si con ese texto quería decir que el amor de Dios era tan cambiante como el viento. El hombre le respondió que no, que lo que quería decir era que Dios es Amor siempre, no importa de dónde soplen los vientos.
D.L. Moody

DOS MANERAS DE UNIRSE

Hay dos maneras en que es posible unir las cosas. Una, por medio de la congelación, la otra, por medio de la fusión por calor. Lo que precisamos los cristianos es estar unidos por el amor fraternal. Entonces sí que podemos esperar que haya poder.
D.L. Moody


EL CUMPLIMIENTO DEL DEBER

Me estoy cansando de esa palabra deber, deber. Todo el mundo habla de que es su deber hacer esto, o su deber de hacer aquello. Ha sido mi experiencia que cristianos de esta clase tienen muy poca bendición. ¿No podemos tener una ambición más alta que la del deber? ¿No podemos trabajar por Cristo porque le amamos?
D.L. Moody


EL ESPÍRITU DE DAVID LIVINGSTONE

El Profesor Drummond cuenta que en Africa conoció a algunos nativos que se acordaban de David Livingstone. No entendían una sola de sus palabras, pero reconocieron en el gran misionero el lenguaje universal del amor. Hacía muchos años que no tenían contacto alguno con los cristianos, pero recordaban la personalidad bondadosa de Livingstone.

Es este mismo mensaje universal del amor, amor divino, amor parecido al de Cristo, que debemos poseer si queremos que el Señor nos utilice. El mundo poco entiende de dogmas o de teología, pero entiende de simpatía y el amor. Una acción bondadosa puede ser más potente y tener mayor alcance que el más elocuente de los sermones.
D.L. Moody


FUNDADO SOBRE EL AMOR

Napoleón trató de establecer un reino por medio de la fuerza de sus ejércitos. Lo mismo hicieron Alejandro el Grande, Julio César y otros guerreros. Jesús fundó su reino sobre el amor, y su reino va a permanecer. Cuando llegamos a este plano, el del amor, todas las cosas egoístas e indignas desparecen, y entonces nuestra obra puede soportar el fuego de la prueba.
D.L. Moody


NO REGAÑAR

“El que caza almas es sabio.” ¿Quieres ganar almas? No regañes ni trates a tus semejantes con torpeza. No procures derribar todos sus prejuicios antes de haberlos llevado hacia la verdad. Algunos creen que tienen que voltear todo el andamiaje antes de que puedan comenzar a trabajar en el edificio. Un joven predicador fue a la iglesia de un anciano pastor, y durante todo el sermón no hizo más que reprender a la congregación. Cuando terminó, le preguntó al anciano qué tal le había parecido la predicación. Este le dijo: “En casa tengo una vaca. Cuando quiero leche, le doy de comer. Ni le grito ni le insulto.”
D.L. Moody


UN PROVERBIO VERAZ

Hay un proverbio árabe que reza así: “Al cuello, lo dobla la espada; pero al corazón, únicamente lo dobla otro corazón”. El amor es irresistible.
D.L. Moody


DEMASIADO TARDE

Yo estaba terminando una reunión en nuestra iglesia de Chicago, cuando un joven soldado se puso de pie y rogó a los presentes que aceptaran a Cristo. Nos contó que acababa de llegar de una escena muy triste. Un compañero de regimiento, hijo de cristianos, frente a los ruegos de su buen padre, siempre decía que aceptaría a Cristo cuando terminara la guerra. Por fin fue herido y llevado al hospital, en donde se vio que no había esperanzas de mejoría.

Unas cuantas horas antes de su muerte, le llegó una carta de su hermanita, pero ya no tenía fuerzas para leerla. ¡Era una carta tan solemne!

Un compañero se la leyó, pero no parecía entender, hasta que llegó a las últimas palabras que decían: "Oh mi querido hermano, te ruego que cuando recibas la presente, aceptes al Salvador de tu hermanita."

El moribundo se sentó en la cama, y gritó "¿Qué dice?" Luego, cayendo pesadamente sobre la almohada exclamó: "Es demasiado tarde. Es demasiado tarde."

Mis queridos amigos: Gracias a Dios que no es demasiado tarde para ustedes hoy. El Maestro todavía les está llamando. Que todos nosotros, jóvenes y viejos, ricos y pobres, vengamos a Cristo ahora mismo, y quitará todos nuestros pecados.
D. L. Moody


MOODY, EL CIGARRO, Y LA BIBLIA

Le preguntaron al gran evangelista Moody si había en la Biblia algún versículo que prohibiera fumar. --No --dijo él--, pero conozco uno que ordena fumar. --¡Cómo! --exclamó el interrogador. Y repuso Moody --sí, en Apocalipsis 22:11: "El que es inmundo, sea inmundo todavía."

Fonte:
http://www.perfildemujer.com/moodyescritos.htm




¿Por qué Dios usó a Dwight L Moody?

Al trono de la gracia


"Al trono de la gracia."
Hebreos 4: 16


Charles Haddon Spurgeon

Estas palabras se encuentran engastadas en ese versículo de gracia: "Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro." Son una joya en un engaste de oro. La verdadera oración es un acercamiento del alma, por el Espíritu de Dios, al trono de Dios. No se trata de expresar palabras, ni de sentir deseos únicamente, sino que consiste en poner los deseos delante de Dios, en un acercamiento espiritual de nuestra naturaleza con el Señor nuestro Dios. La verdadera oración no es un simple ejercicio mental, ni una ejecución vocal, sino que es algo mucho más profundo que eso: es un intercambio espiritual con el Creador del cielo y la tierra. Dios es un Espíritu invisible para el ojo mortal, y sólo es percibible por el hombre interior. Nuestro espíritu, engendrado por el Espíritu Santo en el momento de nuestra regeneración, discierne al Grandioso Espíritu, tiene comunión con Él, le presenta sus peticiones, y recibe respuestas Suyas de paz. Es un intercambio espiritual de principio a fin; y su meta y su objetivo no terminan en el hombre, sino que alcanzan al propio Dios.

Para que se dé tal oración, se requiere de la obra del propio Espíritu Santo. Si la oración sólo fuese de los labios, necesitaríamos únicamente aire en nuestras fosas nasales para orar: si la oración sólo fuera de los deseos, muchos excelentes deseos son experimentados con facilidad, incluso por el hombre natural: pero cuando se trata del deseo espiritual, y de la comunión espiritual del espíritu del hombre con el Grandioso Espíritu, entonces el propio Espíritu Santo debe estar presente en todo momento, para ayudar a nuestra debilidad, y dar vida y poder, pues de lo contrario nunca podríamos presentar una oración verdadera. Lo que ofreceríamos a Dios, llevaría su nombre y podría tener su forma, pero la vida interior de la oración, estaría lejos de eso.

Además, es claro, por el contexto de nuestro texto, que la mediación del Señor Jesucristo es esencial para una oración aceptable. De la misma manera que la oración no sería una oración verdadera, sin el Espíritu de Dios, tampoco sería una oración que prevaleciera, sin el Hijo de Dios. Él, el Grandioso Sumo Sacerdote, tiene que penetrar hasta dentro del velo por nosotros; es más, a través de Su persona crucificada, el velo debe ser retirado por completo; pues, hasta ese momento, no tendríamos acceso al Dios vivo. El hombre que, a pesar de la enseñanza de la Escritura, procura orar sin un Salvador, insulta a la Deidad. Aquel que imagina que sus propios deseos naturales, alzados delante de Dios, sin haber sido rociados previamente por la sangre preciosa, pueden ser un sacrificio aceptable a Dios, comete un error. No ha presentado una ofrenda aceptable a Dios. Equivaldría a que le hubiese cercenado la cabeza a un perro, o hubiese ofrecido un sacrificio inmundo. La oración únicamente se torna poderosa delante del Altísimo, cuando es obrada en nosotros por el Espíritu, y es presentada por el Cristo de Dios, a nombre nuestro.

Queridos amigos, con el objeto de motivarlos a la oración el día de hoy, y para que sus almas sean conducidas a acercarse al Trono de Gracia, me propongo tomar estas cuantas palabras y usarlas de conformidad a la gracia que Dios me dé. Ustedes han comenzado a orar; Dios ha comenzado a responder. Esta semana ha sido muy memorable en la historia de esta iglesia. Un mayor número de personas que antes, ha pasado al frente para confesar a Cristo: es una respuesta tan clara a las súplicas del pueblo de Dios, como si la mano del Altísimo hubiese sido vista extendida desde el cielo, entregándonos las bendiciones que habíamos pedido. Ahora, mantengámonos en oración, sí, y acumulemos fuerzas en la intercesión, y entre más éxito tengamos, seamos más sinceros, para tener más y más éxito.

Que no se contengan nuestras entrañas, pues nuestro Dios no nos pone limitaciones. Este es un buen día, y un tiempo de buenas nuevas, y viendo que el oído de nuestro Rey está atento, estoy muy ansioso que hablemos con Él a nombre de otros miles, para que ellos también, en respuesta a nuestras súplicas, puedan ser traídos cerca de Dios.

Al procurar hablar del texto, el día de hoy, lo tomaré así: primero, aquí hay un trono; luego, en segundo lugar, aquí hay gracia; luego los pondremos juntos, y veremos a la gracia en el trono; y luego, si los juntamos en un orden diferente, veremos a la soberanía manifestándose a sí misma, resplandeciente de gracia.

I. Nuestro texto habla de UN TRONO, "el Trono de la Gracia". Dios tiene que ser visto en la oración, como nuestro Padre. Ese es el aspecto más querido para nosotros. Sin embargo, no debemos considerar como si Él fuese como nosotros, pues, nuestro Salvador ha matizado la expresión "Padre nuestro", con las palabras: "que estás en los cielos". Y siguiendo muy de cerca a ese nombre condescendiente, para recordarnos que nuestro Padre es todavía infinitamente más grande que nosotros, nos ha ordenado que digamos: "Santificado sea tu nombre. Venga tu reino". De tal forma que nuestro Padre debe ser considerado como un Rey, y en la oración venimos, no sólo a los pies de nuestro Padre, sino que también acudimos al trono del Grandioso Monarca del universo. El propiciatorio es un trono, y no debemos olvidarlo.

Si la oración debe ser siempre considerada por nosotros como una entrada a los atrios de la realeza del cielo; si debemos comportarnos como deben hacerlo los cortesanos, en la presencia de una majestad ilustre, entonces no deberíamos estar desorientados para saber cuál es el espíritu adecuado para orar. Si en la oración nos acercamos a un trono, es claro que nuestro espíritu debería ser, en primer lugar, de humilde reverencia. Se espera que cuando el súbdito se aproxima al rey, debe rendirle homenaje y honor. Cualquier acercamiento al trono debe evitar el orgullo que no reconozca al rey, y cualquier traición que se rebele en contra del soberano. El orgullo debe ser refrenado a la distancia, y la traición debe desaparecer en los rincones, pues únicamente la reverencia humilde puede venir delante del propio rey cuando se sienta vestido con sus ropas de majestad.

En nuestro caso, el rey ante el cual venimos, es el más excelso de todos los monarcas, el Rey de reyes, el Señor de señores. Los emperadores no son sino sombras de Su poder imperial. Ellos se llaman a sí mismos reyes por derecho divino, pero, ¿qué derecho divino tienen? El sentido común se ríe de sus pretensiones hasta el escarnio. Sólo el Señor tiene el derecho divino, y sólo a Él le pertenece el reino. Aquellos no son sino reyes nominales, elevados o destronados según la voluntad de los hombres, o por el decreto de la Providencia, pero sólo Él es Señor, el Príncipe de los reyes de la tierra.

"Él no se sienta sobre un trono inestable,
Ni pide permiso para estar allí."

Corazón mío, asegúrate de postrarte ante tal presencia. Si Él es tan grandioso, pon tu boca contra el polvo delante de Él, pues es el más poderoso de todos los reyes. Su trono ejerce poder en todos los mundos. El cielo le obedece con alegría, el infierno se estremece cuando frunce Su entrecejo, y la tierra es constreñida a rendirle homenaje, voluntaria o involuntariamente. Su poder puede crear o destruir. Crear o aplastar, es lo mismo de fácil para Él. Alma mía, cuando te acerques al Omnipotente, que es fuego consumidor, asegúrate de quitar tu calzado de tus pies, y de adorarle con humildad sincera.

Además, Él es Santísimo entre los reyes. Su trono es un gran trono blanco, inmaculado y claro como el cristal. "Ni aun los cielos son limpios delante de sus ojos; y notó necedad en sus ángeles." Y tú, una criatura pecadora, con cuánta humildad debes acercarte a Él. Puede haber familiaridad, pero no permitas que sea profana. Debe haber valentía, pero no permitas que sea impertinente. Tú todavía estás en la tierra y Él en el cielo; tú todavía eres un gusano del polvo, una criatura quebrantada por la polilla, y Él es Eterno: antes que naciesen los montes, Él era Dios, y si todas las cosas creadas pasaran otra vez, Él será siempre el mismo. Hermanos míos, me temo que no nos postramos como deberíamos hacerlo, delante de la Majestad Eterna; pero, de ahora en adelante, pidámosle al Espíritu de Dios que nos dé la actitud correcta para que cada una de nuestras oraciones sea un acercamiento reverente a la Majestad Infinita en lo alto.

En segundo lugar, como se trata de un trono, debemos acercarnos a él con devota alegría. Si me considero favorecido por la gracia divina, por contarme entre los favorecidos que frecuentan Sus atrios, ¿acaso no debería sentirme alegre? Podría haber estado en Su prisión, pero estoy delante de Su trono; podría haber sido echado de Su presencia para siempre, pero se me permite que me acerque a Él, a Su palacio real, a los oídos de gracia que escuchan en Su cámara secreta. ¿Acaso no estaré agradecido? ¿Acaso mi agradecimiento no ascenderá en gozo, y no habría de sentirme honrado, porque soy el receptor de grandes favores cuando se me permite orar? ¿Por qué está triste tu rostro, oh suplicante, cuando estás delante del trono de la gracia? Si estuvieras delante del trono de justicia para ser condenado por tus iniquidades, tus manos deberían estar sobre tus lomos; pero ahora, que eres favorecido para venir delante del Rey, cubierto con Su manto de seda de amor, que tu rostro brille con sagrado deleite. Si tus aflicciones son angustiantes, cuéntaselas a Él, pues Él puede mitigarlas; si tus pecados se multiplican, confiésalos, pues Él puede perdonarlos. Oh, ustedes, cortesanos en los salones de tal monarca, deben alegrarse mucho, y mezclar alabanzas con sus oraciones.

En tercer lugar, puesto que se trata de un trono, siempre que nos acerquemos a él, debe ser con completa sumisión. No oramos a Dios para darle instrucciones acerca de qué debe hacer, y ni siquiera por un instante deberíamos presumir dictar la línea del procedimiento divino. Se nos permite que le digamos a Dios: "quisiéramos recibir esto y esto," pero debemos agregar siempre: "pero viendo que somos ignorantes y podemos equivocarnos, viendo que todavía estamos en la carne, y podemos ser llevados por motivos carnales, no sea como nosotros queramos, sino como Tú." ¿Quién dará órdenes al trono? Ningún hijo fiel de Dios pensará, ni por un instante, que puede ocupar el lugar del Rey. Se postra delante de Él, que tiene el derecho de ser Señor de todo, y aunque exprese su deseo sincera, vehemente e importunamente, y suplique y suplique repetidamente, lo hace siempre con esta necesaria salvedad: "Hágase tu voluntad, mi Señor; y, si yo pidiera algo que no esté de acuerdo con ella, mi más íntima voluntad es que seas lo suficientemente bueno para negarlo a Tu siervo. Si rehúsas otorgármelo, lo recibiré como una respuesta verdadera, si yo pidiese lo que no fuera bueno a Tus ojos." Si recordáramos constantemente esto, pienso que estaríamos menos propensos a presentar ciertos casos delante del trono, pues nuestra convicción sería: "heme aquí buscando mi propia comodidad, mi propio consuelo, mi propia ventaja, y, tal vez, estaré pidiendo algo que deshonre a Dios; por tanto, hablaré con la más profunda sumisión a los decretos divinos."

Pero, hermanos, en cuarto lugar, tratándose de un trono, debemos acercarnos con amplias expectativas. Muy bien lo expresa nuestro himno:

"Tú tendrás una audiencia con un rey:
Grandes peticiones debes llevar contigo."

En la oración no venimos, por decirlo así, únicamente al lugar donde se reparten limosnas de Dios, donde Él dispensa Su favores a los pobres, ni tampoco venimos a la puerta trasera de la casa de la misericordia para recibir las sobras, aunque eso sería más de lo que merecemos. Comer de las migajas que caen de la mesa del Señor es más de lo que podríamos reclamar; pero, cuando oramos, estamos en el palacio, sobre el piso reluciente del propio salón de audiencias del grandioso Rey, y de esta manera somos colocados en una posición ventajosa. En la oración, estamos allí donde los ángeles se postran con sus rostros cubiertos por un velo; allí, exactamente allí, es donde los querubines y los serafines adoran, delante del mismo trono al que ascienden nuestras oraciones. ¿Acaso iremos allí con peticiones raquíticas y una fe estrecha y contraída? No, no es propio de un Rey regalar centavos y peniques. Él distribuye piezas de oro puro. No distribuye migajas de pan ni sobras, como lo tienen que hacer los pobres, sino que Él hace un banquete de manjares suculentos, de gruesos tuétanos y de vinos purificados.

Cuando se le dijo al soldado de Alejandro que pidiera lo que quisiera, no pidió restringidamente según la naturaleza de sus propios méritos, sino que hizo una petición tan ambiciosa, que el tesorero real rehusó otorgarla, y prefirió consultar el caso con Alejandro, y Alejandro replicó con la debida realeza: "Él sabe cuán grande es Alejandro, y ha hecho la petición a un rey. Dale lo que pide." Tengan cuidado de no imaginar que los pensamientos de Dios son como sus pensamientos, y Sus caminos como sus caminos. No traigan delante de Dios peticiones enclenques y deseos estrechos, diciendo: "Señor, haz de conformidad a esto," sino que deben recordar que, como son más altos los cielos que la tierra, así son Sus caminos más altos que nuestros caminos, y Sus pensamientos más que nuestros pensamientos, y pidan, por tanto, según Dios, grandes cosas, pues están delante de un gran trono. Oh, que siempre sintiéramos esto, al venir delante del trono de gracia, pues entonces Él haría todas las cosas mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos.

Y, amados, puedo agregar, en quinto lugar, que la actitud apropiada con la que debemos acercarnos al trono de la gracia, es la de una confianza inconmovible. ¿Quién dudará del Rey? ¿Quién se atreverá a impugnar la Palabra Imperial? Se ha dicho bien que si la integridad fuera desterrada de los corazones de todos los hombres, todavía debería estar presente en los corazones de los reyes. Qué vergüenza sería que un rey mintiera. El más pobre mendigo de las calles, es deshonrado si quebranta una promesa. Entonces, ¿qué diríamos de un rey, si no podemos confiar en su palabra? Oh, nos cubriríamos de vergüenza si somos incrédulos delante del trono del Rey del cielo y de la tierra. Con nuestro Dios delante de nosotros en toda Su gloria, sentado en el trono de gracia, ¿se atreverían nuestros corazones a decir que desconfiamos de Él? ¿Podríamos imaginar que no podrá o no querrá guardar Su promesa? Desterremos tales pensamientos blasfemos, y si se nos vienen, que vengan a nosotros cuando estemos en las afueras de Sus dominios, si es que existe tal lugar, pero no en la oración, cuando nos encontramos en Su inmediata presencia, y le contemplamos en toda la gloria de Su trono de gracia. Ese, en verdad, es el lugar para que el hijo confíe en su Padre, para que el súbdito leal confíe en su monarca; y, por tanto, no debe haber ninguna duda o sospecha. La fe inconmovible debe predominar delante del propiciatorio.

Solamente haré otra observación sobre este punto, y es que, si la oración consiste en venir delante del trono de Dios, debe ser conducida siempre con la más profunda sinceridad, y en el espíritu que presenta todo de manera real. Si eres lo suficientemente desleal para despreciar al Rey, por lo mismo, en interés propio, no te burles de Él en Su cara, cuando está en Su trono. Si te atreves a repetir las santas palabras con indiferencia, en cualquier otro lugar, no lo hagas en el palacio de Jehová. Si una persona solicitara una audiencia con la realeza, y luego dijera: "no tengo la menor idea de por qué he venido; hasta donde yo sé, no tengo nada especial que pedir; no tengo ningún caso urgente que presentar"; ¿no sería culpable tanto de insensatez, como de bajeza? En cuanto a nuestro grandioso Rey, cuando nos aventuramos en Su presencia, tengamos un propósito. Como dije el otro domingo, no juguemos con la oración. Es insolencia hacia Dios.

Si se me pide que ore en público, no debo atreverme a usar palabras que tengan el propósito de agradar a los oídos de mi compañeros de oración, sino que debo darme cuenta que estoy hablando al propio Dios, y que tengo un asunto que tratar con el grandioso Señor. Y, en mi oración privada, si, cuando me levanto de la cama en la mañana, doblo mi rodilla y repito ciertas palabras, o cuando me retiro a descansar en la noche, repito el mismo procedimiento, más bien peco, en vez de hacer algo bueno, a menos que sea mi alma la que le hable al Altísimo. ¿Piensas, acaso, que el Rey del cielo se deleita en oírte pronunciar palabras con una lengua frívola, y una mente irreflexiva? Entonces no le conoces. Él es un Espíritu y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren. Si tienes que pronunciar fórmulas vacías, ve y derrámalas a los oídos de insensatos como tú, pero no delante del Señor de los Ejércitos. Si tienes ciertas palabras que expresar, a las cuales confieres una reverencia supersticiosa, ve y dilas en los atrios adornados de la ramera de Roma, pero no ante el glorioso Señor de Sion. El Dios espiritual busca adoradores espirituales, y a ellos aceptará, y únicamente a ellos; pero el sacrificio de los impíos es una abominación para el Señor, y Su deleite es únicamente en una oración sincera.

Amados, el resumen de todas nuestras observaciones es simplemente este: la oración no es una bagatela. Es un acto elevado y eminente. Es un privilegio maravilloso y excelso. Bajo el antiguo imperio persa, unos cuantos miembros de la nobleza tenían permiso de acudir al rey en cualquier momento, y esto era considerado el más alto privilegio poseído por seres mortales. Ustedes y yo, el pueblo de Dios, tenemos un permiso, un pasaporte, para acudir delante del trono del cielo en cualquier momento que queramos, y somos alentados a acudir allí con gran determinación; pero aún así, no olvidemos que no es algo sin importancia ser un cortesano en los atrios del cielo y de la tierra, no es algo sin importancia adorarlo a Él que nos hizo y nos sostiene el ser.

Verdaderamente, cuando intentamos orar, podemos oír la voz que dice, desde la excelencia de la gloria: "¡Doblad la rodilla!" Procedente de todos los espíritus que contemplan el rostro de nuestro Padre que está en el cielo, en este instante, oigo una voz que dice: "Venid, adoremos y postrémonos; arrodillémonos delante de Jehová nuestro Hacedor. Porque el es nuestro Dios; nosotros el pueblo de su prado, y ovejas de su mano. Adorad a Jehová en la hermosura de la santidad; temed delante de él, toda la tierra."

II. Para que el resplandor y el brillo de la palabra "trono" no sea demasiado para la visión mortal, nuestro texto nos presenta ahora el suave y delicado esplendor de esa deliciosa palabra: "GRACIA". Somos invitados al trono de gracia, no al trono de la ley. El Sinaí escabroso fue una vez el trono de la ley, cuando Dios resplandeció desde el monte de Parán, y vino de entre diez millares de santos. ¿Quién desearía acercarse a ese trono? Ni siquiera Israel quería. Se pusieron límites alrededor del monte, y aunque una bestia llegase a tocar el monte, era apedreada o traspasada con un dardo. Oh, ustedes justos con su propia justicia, que confían que pueden obedecer la ley y piensan que pueden ser salvados por ella, miren a las llamas que Moisés vio, y se apocó, y tembló y desesperó. No acudimos a ese trono ahora, pues a través de Jesús el caso ha cambiado. No hay enojo en el trono divino para una conciencia purificada por la sangre preciosa:

"Una vez fue el asiento de la ardiente ira,
Y lanzaba una llama devoradora;
Nuestro Dios apareció como fuego consumidor,
Y Celoso era Su nombre."

Y, bendito sea Dios, hoy no tenemos que hablar del trono de la justicia suprema. Ante ella, todos nos presentaremos, y todos los que hemos creído, lo encontraremos como un trono de gracia así como de justicia. Quien se sienta sobre ese trono no pronunciará sentencia de condenación contra el hombre que es justificado por fe. No tengo que invitarlos el día de hoy al lugar desde donde se tocará la trompeta de la resurrección de manera potente y clara. Todavía no vemos a los ángeles con sus trompetas vengadoras saliendo a matar a los enemigos; todavía no están abiertas las grandes puertas del abismo para tragarse a los enemigos que no quieren que el Hijo de Dios reine sobre ellos. Todavía estamos en el terreno de la oración y en términos de súplica a Dios, y el trono al que se nos invita a acercarnos, y del que hablamos en este momento, es el trono de la gracia. Es un trono establecido a propósito para la dispensación de la gracia; y cada expresión que brota de ese trono, es una expresión de gracia; el cetro que es mostrado allí, es el cetro de plata de la gracia; los decretos proclamados allí, son propósitos de gracia; los dones que son esparcidos sobre los escalones de oro, son dones de la gracia; y el que se sienta en el trono es la Gracia misma. Cuando oramos, acudimos al trono de gracia; y reflexionemos acerca de esto unos cuantos minutos, por vía de aliento consolador para quienes están comenzando a orar; y, ciertamente, para todos los que somos hombres y mujeres de oración.

Si en oración acudo delante de un trono de gracia, entonces, las fallas de mi oración serán pasadas por alto. Cuando comiencen a orar, queridos amigos, ustedes sentirán como si no hubiesen orado. Los gemidos de sus espíritus, cuando se levantan después de haber estado de rodillas, son tales, que ustedes creen que no hay nada en ellos. Qué oración tan emborronada, confusa y manchada fue. No se preocupen; no deben venir al trono de justicia, pues de lo contrario, cuando Dios percibiera la falla de la oración, la menospreciaría. Pero sus palabras entrecortadas, sus jadeos, sus tartamudeos están delante de un trono de gracia. Cuando cualquiera de nosotros presentara su mejor oración delante de Dios, si la viera como Dios la ve, no hay duda que haría gran lamentación por ella; pues hay suficiente pecado en la mejor de las oraciones que haya sido ofrecida jamás, para garantizar que fuera arrojada de la presencia de Dios.

Pero, repito, no es un trono de justicia, y en esto radica la esperanza de nuestras súplicas lisiadas y cojas. Nuestro Rey condescendiente no guarda en Su corte la imponente etiqueta que es observada por los príncipes entre los hombres, donde un pequeño error o una falla lograría que el peticionario fuera despedido rodeado de ignominia. Oh, no; los clamores defectuosos de sus hijos no son severamente criticados por Él. El Señor Gran Chambelán del palacio en lo alto, nuestro Señor Jesucristo, se ocupa de alterar y enmendar cada oración antes de presentarla, y vuelve la oración perfecta con Su perfección, y la hace prevalecer por Su propios méritos. Dios mira la oración como presentada por medio de Cristo, y perdona todas sus fallas inherentes. Cómo debería estimular esto a cualquiera de nosotros que se sienta débil, errante, e inexperto en la oración. Si no pudieran suplicar a Dios como solían hacerlo en años idos, si sintieran como si de una manera u otra se hubiesen entorpecido en la obra de suplicar, no se rindan, sino que más bien acudan, sí, acudan más a menudo, pues no es un trono de críticas severas al que acuden, sino a un trono de gracia.

Además, en la medida que es un trono de gracia, las fallas del propio peticionario no impedirán el éxito de su oración. ¡Cuántas fallas hay en nosotros! ¡Cuán incompetentes somos para acudir a un trono, nosotros, que estamos corrompidos por el pecado por dentro y por fuera! ¿Se atrevería cualquiera de ustedes a pensar en orar si no fuera porque el trono de Dios es un trono de gracia? Si ustedes se atrevieran, yo confieso que no podría. Un Dios absoluto, infinitamente santo y justo, en consonancia con Su naturaleza divina, no podría responder ninguna oración de un pecador como yo, si no fuera porque Él ha establecido un plan por el cual mi oración, no se eleva más a un trono de absoluta justicia, sino a un trono que es también el propiciatorio, la propiciación, el lugar donde Dios se encuentra con los pecadores, por medio de Jesucristo.

Ah, yo no podría decirles, "oren", ni siquiera a los santos, a menos que hubiese un trono de gracia, y mucho menos podría hablarles de oración, a ustedes pecadores; pero ahora voy a decir esto a todos los pecadores: aunque se consideren los peores pecadores que hayan vivido jamás, clamen al Señor y búsquenlo mientras puede ser hallado. Un trono de gracia es un lugar adecuado para ustedes: pónganse de rodillas, y por simple fe vayan a su Salvador, pues Él, Él es quien es el trono de gracia. Es en Él que Dios puede dispensar gracia para los más culpables de la humanidad. Bendito sea Dios, ni las fallas del la oración y ni siquiera del suplicante, dejarán fuera nuestras peticiones, del Dios que se deleita en corazones contritos y humillados.

Como es un trono de gracia, entonces los deseos del suplicante serán interpretados. Si no puedo encontrar palabras para expresar mis deseos, Dios, en Su gracia, leerá mis deseos sin palabras. Él entiende lo que quieren decir Sus santos, el significado de sus gemidos. Un trono que no fuera de gracia no se preocuparía por descifrar nuestras peticiones; pero Dios, el Ser infinitamente lleno de gracia, se sumerge en el alma de nuestros deseos, y lee allí lo que nosotros no podemos expresar con nuestra lengua. ¿Nunca han visto al padre, cuando su hijo está tratando de decirle algo, y él sabe muy bien qué es lo que el pequeñito tiene que decir, cómo le ayuda con las palabras y pronuncia las sílabas por él, y si el pequeñito ha olvidado a medias lo que quería decir, habrán visto al padre, cómo le sugiere la palabra? Así, el siempre bendito Espíritu, desde el trono de la gracia, nos ayudará y nos enseñará las palabras, más aún, escribirá los propios deseos en nuestros corazones.

Encontramos ejemplos en la Escritura en los que Dios pone las palabras en boca de los pecadores. "Llevad con vosotros palabras de súplica," dice Él, "y volved a Jehová, y decidle: Quita toda iniquidad, y acepta el bien." Él pondrá los deseos, y pondrá la expresión de esos deseos en su espíritu, por Su gracia; el volverá sus deseos hacia las cosas que ustedes deben buscar; Él les enseñará sus necesidades, aunque hasta el momento, ustedes no las conozcan; Él les sugerirá Sus promesas, para que las usen como argumentos; Él será, de hecho, el Alfa y la Omega para su oración, al igual que lo es para su salvación; pues como la salvación es desde el principio hasta el fin por gracia, así también el acercamiento del pecador al trono de la gracia, es por gracia de principio a fin. Qué consuelo es este. Mis queridos amigos, ¿no nos acercaremos con mayor valentía a este trono, al entender el dulce significado de estas preciosas palabras: "el trono de la gracia"?

Si es un trono de gracia, entonces todas las necesidades de aquellos que vienen a ese trono, serán satisfechas. El Rey no dirá desde ese trono: "ustedes tienen que traerme ofrendas, deben ofrecerme sacrificios." No es un trono para recibir tributo; es un trono para dispensar dones. Acudan, entonces, ustedes que son pobres como la pobreza misma; acudan ustedes que no tienen méritos y carecen de virtudes, vengan ustedes que han sido reducidos a una bancarrota miserable por la caída de Adán y por sus propias transgresiones; este no es el trono de la majestad que se mantiene por los impuestos de sus súbditos, sino un trono que se glorifica a sí mismo brotando como una fuente con abundancia de cosas buenas. Vengan, ustedes, ahora, y reciban el vino y la leche que son dados gratuitamente, sí, vengan, compren sin dinero y sin precio, vino y leche." Todas las necesidades del peticionario serán satisfechas, porque es un trono de gracia.

Y así, todas las aflicciones del peticionario serán recibidas con compasión. Supongan que yo me acerco al trono de gracia con la carga de mis pecados; hay Alguien en el trono que sintió la carga del pecado en edades hace ya tiempo idas, y no ha olvidado su peso. Supongan que acudo cargado de dolor; hay Alguien allí que conoce todos los dolores a los que puede ser sometida la humanidad. ¿Estoy deprimido o acongojado? ¿Tengo miedo que Dios mismo me haya desamparado? Hay Alguien en el trono que dijo: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?" Es un trono desde el cual la gracia se deleita cuando mira con ojos de ternura el abatimiento de los hombres, para considerarlos y aliviarlos. Vengan, entonces; vengan, entonces; vengan, entonces, ustedes que no solamente son pobres, sino despreciables, y cuyas calamidades los conducen a anhelar la muerte, y sin embargo, a temerla. Ustedes que son cautivos, vengan con sus cadenas; ustedes que son esclavos, vengan con los grilletes en sus almas; ustedes que moran en tinieblas, salgan con sus ojos vendados, tal como están. El trono de gracia los mirará a ustedes, si ustedes no pueden mirarlo, y llenará sus manos, aunque ustedes no tengan nada que dar a cambio, y los librará, aunque ustedes no puedan ni levantar un dedo para librarse por ustedes mismos.

"El trono de gracia." La palabra crece conforme le doy vueltas en mi mente, y para mí es una reflexión muy deleitable que si acudo al trono de Dios en oración, podré estar consciente de mil defectos, mas sin embargo, hay esperanza. Usualmente me siento más insatisfecho con mis oraciones que con cualquier otra cosa que hago. No creo que sea algo fácil orar en público, como para dirigir correctamente las preces de una gran congregación. A veces oímos que algunas personas son ensalzadas por predicar bien, pero si alguien es capacitado para orar bien, gozará de un don equivalente y habrá una mayor gracia en ello. Pero, hermanos, supongan que en nuestras oraciones hayan defectos de conocimiento: es un trono de gracia, y nuestro Padre sabe que tenemos necesidad de todas estas cosas. Supongan que hubiera defectos en nuestra fe: Él ve nuestra poca fe y aun así no la rechaza, pequeña como es. Él no mide en cada caso Sus dones en función del grado de nuestra fe, sino por la sinceridad y la verdad de la fe. Y si hubiesen graves defectos en nuestro espíritu, y fallas en el fervor o en la humildad de la oración, aún así, aunque estas cosas no debieran estar allí, y sean deplorables, la gracia pasa por alto todo esto, perdona todo esto, y a pesar de ello, su mano misericordiosa se extiende para enriquecernos de conformidad a nuestras necesidades. En verdad, esto debería inducir a muchos que no han orado, a orar, y debería llevarnos a nosotros, que hemos estado acostumbrados a usar el consagrado arte de la oración durante mucho tiempo, a acercarnos con mayor valentía que nunca, al trono de la gracia.

III. Pero, considerando ahora nuestro texto como un todo, vemos que nos transmite la idea de GRACIA ENTRONIZADA. Es un trono, y, ¿quién se sienta en él? Es la gracia personificada la que está instalada en dignidad aquí. Y, ciertamente, la gracia está en un trono hoy. En el Evangelio de Jesucristo, la gracia es el atributo de Dios que predomina más. ¿Por qué viene a ser tan exaltada? Bien, respondemos, porque la gracia tiene un trono por conquista. La gracia descendió a la tierra en la forma del Bienamado, y se enfrentó al pecado. La lucha fue larga y aguda, y la gracia dio la impresión de ser pisoteada por el pie del pecado; pero la gracia, al fin, tomó al pecado, lo echó sobre sus hombros, y aunque casi estaba aplastada bajo su peso, la gracia cargó con el pecado a la cruz y lo clavó allí, lo mató allí, y lo dejó muerto para siempre, y triunfó gloriosamente. Por esta razón, en esta hora, la gracia se sienta en un trono, porque ha vencido al pecado humano, ha soportado el castigo de la culpa humana, y ha derrotado a todos sus enemigos.

Además, la gracia se sienta en el trono porque se ha establecido allí por derecho. No hay injusticia en la gracia de Dios. Dios es tan justo cuando perdona a un creyente, como cuando arroja a un pecador al infierno. Yo creo en mi propia alma, que hay tanta y tan pura justicia en la aceptación de un alma que cree en Cristo como la habrá en el rechazo de esas almas que mueren impenitentes, y son proscritas de la presencia de Jehová. El sacrificio de Cristo le ha permitido a Dios ser justo, y sin embargo el que justifica al que es de la fe. El que conoce la palabra "sustitución" y puede definir su significado correctamente, podrá ver que no queda nada pendiente para la justicia punitiva de ningún creyente, viendo que Jesucristo ha pagado todas las deudas del creyente, y ahora Dios sería injusto si no salvara a aquellos por quienes Cristo sufrió vicariamente, para quienes fue provista Su justicia, y a quienes le es imputada. La gracia está en el trono por conquista, y se sienta allí por derecho.

La gracia está entronizada en este día, hermanos, porque Cristo ha consumado Su obra y ha subido a los cielos. Él está entronizado en poder. Cuando hablamos de Su trono, queremos decir que tiene un poder ilimitado. La gracia no se sienta en el estrado de los pies de Dios; la gracia no está en los atrios de Dios, sino que se sienta en el trono; es el atributo reinante; hoy, es el rey. Esta es la dispensación de la gracia, el año de gracia: la gracia reina por medio de la justicia para vida eterna. Vivimos en la era de la gracia reinante, pues viendo que vive siempre para interceder por los hijos de los hombres, Jesús puede también salvar perpetuamente a los que por Él se acercan a Dios.

Pecador, si te encontraras a la gracia a tu paso, como un viajero en su camino, yo te pediría que la conocieras y le pidieras su influencia; si te encontraras a la gracia como un mercader en su negocio, con un tesoro en sus manos, yo te pediría que buscaras su amistad, pues te enriquecería en la hora de la pobreza; si vieras a la gracia como uno de los pares de cielo, altamente exaltado, yo te pediría que procuraras que te escuchara; pero, oh, cuando la gracia se sienta en el trono, yo te suplico que te acerques de inmediato. No puede ser más elevada, no puede ser más grandiosa, pues está escrito: "Dios es amor," que es un alias para la gracia. Ven y póstrate delante de ella; ven y adora a la infinita misericordia y gracia de Dios. No dudes, no vaciles, no estés indeciso. La gracia está reinando; la gracia es Dios; Dios es amor.

¡Oh, que viendo a la gracia entronizada así, quieras tú venir y recibirla! Digo, entonces, que la gracia está entronizada por conquista, por derecho, y por poder, y, voy a agregar que está entronizada en gloria, pues Dios glorifica a Su gracia. Uno de Sus propósitos ahora es hacer gloriosa a Su gracia. Él se deleita perdonando a los penitentes, y de esta manera, muestra Su gracia perdonadora; se deleita en mirar a los descarriados y volverlos al camino, para mostrar Su gracia restauradora; se deleita en contemplar a los de quebrantado corazón y consolarlos, para poder mostrar Su gracia consoladora. Se puede recibir gracia de diversos tipos, o más bien, la misma gracia que actúa de diferentes maneras, y Dios se deleita en hacer gloriosa Su gracia. Hay un arcoíris que circunda el trono, semejante a una esmeralda, la esmeralda de Su compasión y de Su amor. Oh, felices las almas que creen esto, y creyendo pueden recibirla de inmediato y glorificar a la gracia, convirtiéndose en ejemplos de Su poder.

IV. Por último, si nuestro texto es leído correctamente, contiene SOBERANÍA RESPLANDECIENTE EN GLORIA, LA GLORIA DE LA GRACIA. El propiciatorio es un trono; aunque la gracia está allí, es todavía un trono. La gracia no desplaza a la soberanía. Ahora, el atributo de la soberanía es muy excelso y terrible; su luz es semejante a una piedra de jaspe, preciosísima, y semejante a una piedra de zafiro, o, como Ezequiel la llama: "cristal maravilloso." Así dijo el Rey, el Señor de los ejércitos: "Tendré misericordia del que yo tenga misericordia, y me compadeceré del que yo me compadezca." "Mas antes, oh hombre, ¿quién eres tú, para que alterques con Dios? ¿Dirá el vaso de barro al que lo formó: ¿Por qué me has hecho así?" "¿O no tiene potestad el alfarero sobre el barro, para hacer de la misma masa un vaso para honra y otro para deshonra?" Estas son palabras grandiosas y terribles, y no se pueden responder. Él es un Rey y hace lo que le agrade. "No hay quien detenga su mano y le diga: ¿Qué haces?"

Pero, ¡ah!, para que nadie se abata por el pensamiento de Su soberanía, los invito al texto. Es un trono, hay soberanía; pero para toda alma que sepa cómo orar, para toda alma que por fe venga a Jesús, el verdadero propiciatorio, la soberanía divina no tiene un aspecto tenebroso y terrible, sino que está llena de amor. Es un trono de gracia, de lo que deduzco que la soberanía de Dios para un creyente, para un suplicante, para uno que viene a Dios en Cristo, siempre es ejercida en pura gracia. Para ti, para ti que vienes a Dios en oración, la soberanía siempre dice así: "tendré misericordia de ese pecador; aunque no la merece, aunque no haya ningún mérito en él, sin embargo, debido a que puedo hacer lo que quiera con lo mío, lo bendeciré, y lo haré mi hijo, y lo aceptaré; él será mío en el día en que yo actúe." En el propiciatorio Dios nunca ejerció Su soberanía de otra manera, que por la vía de gracia. Él reina, pero en este caso, la gracia reina a través de la justicia para vida eterna por Jesucristo nuestro Señor.

Hay dos o tres cosas adicionales en las que pensar, y habré concluido. En el trono de gracia, la soberanía se ha colocado bajo los lazos del amor. Debo hablar aquí con palabras sopesadas y elegidas, y debo dudar y hacer pausas para estructurar las frases correctas, para no errar cuando me esfuerzo en decir la verdad con claridad. Dios hace lo que quiere; pero, en el propiciatorio, Él está atado, atado por Su propia voluntad, pues ha establecido un pacto con Cristo, y así, un pacto con Sus elegidos. Aunque Dios es y siempre será soberano, nunca quebrantará Su pacto, ni alterará la palabra que ha salido de Su boca. No puede incumplir el pacto establecido por Él mismo. Cuando yo vengo a Dios en Cristo, a Dios en el propiciatorio, no debo imaginar que por cualquier acto de la soberanía de Dios, hará a un lado Su pacto. Eso no puede ser: es imposible.

Además, en el trono de la gracia, Dios está atado por Sus promesas. El pacto contiene muchas promesas de gracia, sumamente grandiosas y preciosas. "Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá." Hasta que Dios dijo esa palabra o algo semejante, era Su opción oír una plegaria o no, pero no es así ahora; pues ahora, si se trata de una oración verdadera, ofrecida por medio de Jesucristo, Su verdad lo obliga a oírla. Un hombre puede ser perfectamente libre, pero en el momento en que hace una promesa, no es libre de romperla; y el Dios eterno, no quiere romper Su promesa. Él se deleita en cumplirla. Él ha declarado que todas Sus promesas son Sí y Amén en Cristo Jesús; pero, para nuestro consuelo, cuando inspeccionamos a Dios bajo el excelso y terrible aspecto de un soberano, tenemos esto para reflexionar, que Él está bajo los compromisos del pacto de la promesa de ser fiel a las almas que le buscan. Su trono debe ser un trono de gracia para Su pueblo.

Y, además, el más dulce pensamiento de todos, es que cada promesa del pacto ha sido endosada y sellada con sangre, y lejos está del Dios eterno, derramar escarnio sobre la sangre de Su amado Hijo. Cuando un rey ha dado una Carta Magna a una ciudad, antes de hacerlo podría haber sido absoluto, y no había nada que restringiera sus prerrogativas, pero cuando la ciudad tiene su Constitución, entonces argumenta sus derechos delante del rey. De la misma manera, Dios ha dado a Su pueblo una Carta Magna de indecibles bendiciones, dándoles las misericordias fieles de David. Mucho de la validez de una Carta Magna depende de la firma y del sello, y, hermanos míos, cuán segura es la Constitución del pacto de gracia. La firma es de la propia mano de Dios, y el sello es la sangre del Unigénito.

El pacto está ratificado con sangre, la sangre de Su propio amado Hijo. No es posible que roguemos en vano a Dios cuando argumentamos el pacto sellado con sangre, ordenado en todas las cosas, que será guardado. El cielo y la tierra pasarán, pero el poder de la sangre de Jesús con Dios, no fallará nunca. Habla cuando estamos callados, y prevalece cuando somos derrotados. Habla mejor que la sangre de Abel, y su clamor es escuchado. Acerquémonos con valentía, pues llevamos la promesa en nuestros corazones. Cuando nos sintamos alarmados por causa de la soberanía de Dios, cantemos alegremente:

"El Evangelio lleva mi espíritu a lo alto,
Un Dios fiel e inmutable
Pone el cimiento de mi esperanza
En juramentos, y promesas, y sangre."

Que Dios el Espírito Santo nos ayude a usar correctamente de ahora en adelante "el trono de gracia." Amén.


Un sermón predicado la mañana del Domingo 19 de Noviembre, 1871
por Charles Haddon Spurgeon
En el Tabernáculo Metropolitano, Newington, Londres.

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